En pleno siglo XXI, donde el desarrollo económico, industrial o tecnológico se ha establecido como pieza vital para el bienestar de cualquier sociedad, vemos como es cada vez más habitual la concienciación popular para buscar una sana convivencia entre medioambiente y desarrollo, es decir, un equilibrio entre las comodidades humanas y la naturaleza que nos rodea. Pero esta preocupación no es nueva del siglo XXI, ya que durante las últimas décadas se viene hablando desde diferentes ámbitos (político, social, intelectual, ecologista…) sobre ese necesario crecimiento controlado. En este sentido, las cumbres y reuniones han tomado cada vez mayor notoriedad, tanto, que hoy es habitual hablar del tema expuesto: el desarrollo sostenible. Pero hablar del tema no ofrece soluciones ni a corto, ni a largo plazo. Quiero decir, después de 3 décadas “hablando” ha llegado el momento de actuar.
El panorama con el que nos encontramos al afrontar este asunto se torna bastante complicado y complejo. Es un problema de modelo, sobretodo en el modelo capitalista. El capitalismo es la mayor pared a la que ha de enfrentarse el desarrollo sostenible, pues este modelo es corrosivo, destructivo e incluso vejatorio con el tercer mundo primero, y con la naturaleza después. El padre ideológico del capitalismo, Adam Smith (1723-1790) estructuró un sistema económico organizado principalmente por empresas que intercambian bienes y servicios en diferentes mercados, donde además intervienen factores como el trabajo asalariado o el precio. No pretendo profundizar en los aspectos más ideológicos del capitalismo, pero veamos cómo este sistema puede afectar al desarrollo sostenible.
Las empresas o industrias son el recurso ejecutor de los principios capitalistas, es decir, tienen un rol principal a la hora de interferir en el crecimiento de la sociedad. Ellas llevan a cabo directamente el desarrollo económico, industrial o tecnológico, e indirectamente el desarrollo del bienestar social y de la calidad de vida, entre otros. Esto establece que las empresas tengan un poder casi ilimitado sobre gran parte de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Las capacidades de las empresas son muy extensas, pero la principal y más determinante, es su capacidad para crear riqueza. Si ellas crean la riqueza, ellas mismas podrán decidir en que “cuenta corriente” ingresan tales beneficios. Esto ha ocurrido así durante gran parte del siglo XX y, siguiendo con las similitudes, llamaremos “cuenta corriente” (los lugares donde se encuentran los beneficios de las empresas) a los países desarrollados, y a los que quedan fuera o los que no tiene cuenta corriente los llamaremos Tercer Mundo o países subdesarrollados. Llegados a este punto somos los suficientemente perspicaces para saber que hablar de capitalismo es hablar de desequilibrio de riquezas, es decir, que hay países ricos y países pobres y esto tiene algo que ver con las dificultades que tienen las políticas de desarrollo sostenible.
Pero el problema del capitalismo no solo está relacionado con la pobreza, sino que además es un problema de ideologías y pensamientos. La gran mayoría de las grandes industrias trabajan con una idea bastante clara: la obtención del máximo beneficio al menor coste posible. Por eso decíamos que el capitalismo es un sistema corrosivo, porque no sólo persigue el beneficio, sino que lo busca con el menor esfuerzo o coste en el mínimo tiempo. Es cómo el agua de un río, que pese a pasar por una cuenca, va corroyendo los límites. Pues el capitalismo es aquel sistema que conciente y racionalmente pretende llevar más agua de la permitida por una corriente, aún sabiendo que va a desgastar las orillas del río. Quiero decir, el máximo beneficio a corto plazo es lo que importa a las empresas y eso a veces no es compatible con el respeto al medio ambiente. Y es que como sabemos, ensuciar la naturaleza es, para las grandes empresas, menos costoso que cuidarla y protegerla. La contaminación, la edificación o las emisiones de gas son algunas de las consecuencias de las actividades de las industrias, y en la mayoría de los casos no existe una predisposición a la armonía desarrollo-naturaleza debido, como ya hemos insistido con anterioridad, al asunto del máximo beneficio posible.
Aún así, sería una equivocación pensar que toda la culpa es de las empresas, pues las empresas están reguladas por un órgano social que establece un marco de actuación para que éstas desarrollen su actividad. Hablamos efectivamente de la Administración Pública. Los Gobiernos democráticos de los países desarrollados tienen mucho que decir y hacer en materia de desarrollo sostenible y son ellos quienes deben poner límites a los métodos de producción de las industrias. Pero el problema vuelve a ser un problema de modelo: si las empresas generan la riqueza tendrán poder, y teniendo poder deciden enormemente en las políticas de Estado. Es por ejemplo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos y lo que ocurrió en el mandato de George Bush, donde las grandes industrias molestan e intervienen para derrocar la aprobación de leyes que van en su propio perjuicio. Flaco favor hizo George Bush al desarrollo sostenible al ceder (o no oponerse simplemente) ante los chantajes de la industria. Con otras palabras, estamos ante un asunto de intereses de los mandatarios, intereses que para nada están relacionados con la conservación del medio ambiente.
Debemos ser conciente de que cualquier problema tiene solución, y la solución para un correcto desarrollo sostenible es viable si existen acuerdos. Las políticas de Estado suelen ser muy demagógicas, es decir, buscan el consentimiento popular para garantizar buena cantidad de representantes en la Cámara. Esto concibe un grandísimo poder para cambiar las cosas al pueblo, a las manifestaciones y a la concienciación que exista sobre el asunto. Si colectivos de todos los países se movilizan y aportan miles de granos de arena, se podrán crear desiertos. Trabajando para presionar a los políticos se harán cumbres y se tomarán decisiones…
miércoles, 31 de marzo de 2010
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