jueves, 19 de agosto de 2010

Edificación de la personalidad

Resulta paradójico que en inglés el verbo “to be” se utilice para asignar las acciones de ser o estar, al contrario que en nuestra lengua. En nuestro idioma, no es lo mismo ser “alcohólico”, que estar “alcoholizado”. La diferencia entre ambos verbos estriba en la temporalidad de la acción. Cuando utilizamos el verbo ser y decimos “Yo soy”, asumimos que esa característica es duradera en el tiempo, que incluso describe rasgos de nuestra personalidad a largo plazo. Por el contrario, cuando hablamos de estar, el margen de variabilidad y transitoriedad de los rasgos o acciones aumentan. No siempre estar implica ser, y quien dice ser no siempre dice estar. Por ejemplo, somos seres vivos pero podemos no estar viviendo o podremos ser cariñosos y estar fríos. Ser algo no implica correspondencia con ese algo, implica características perecederas en el tiempo y debemos tenerlo claro.
Es innegable la relación que existe entre ambos términos, pues ambos se coordinan entre si en la construcción de nuestra identidad personal. El ser generalmente es una construcción del estar: cuantas más veces estés ganando, más ganador serás. No es un planteamiento empirista el que hago pero si que resalto la innegable influencia de nuestras circunstancias a la hora de definir nuestra forma de ser. Cuando comencé a preguntarme cosas relacionadas con aquello que llamamos vivir, la pregunta más importante a la que me enfrentaba era, y es: ¿Cómo debo ser? Sólo podré contestar esta pregunta teniendo en cuenta la influencia del estar en cada individuo, deberemos replantearnos que controlando dónde estamos, cómo estamos o con quien estamos, seremos de una determinada manera. Si quiero ser de alguna manera, deberé controlar todas las acepciones del verbo estar. Sabemos que el estar condiciona y es causa del ser, pero eso no nos dice nada de lo que o lo que no es correcto. Para contestar a la pregunta que exponía varios renglones atrás hará falta algo más que buscar las causas de nuestra personalidad en nuestras circunstancias causales, o en el verbo estar, eso está claro.
Debo confesar que siempre he mantenido en mi mente un debate interno en relación a la moral de mi conducta. Siempre he querido saber cómo actuar sin dañar mi autoestima, mi amor propio o mi esencia personal, sin que ello perjudicase mis capacidades para interrelacionarme con los demás. Es decir, quiero buscar un punto de equilibrio entre mis intereses personales y los intereses de quien me rodea sin que esto afecte a realizar una vida vacía de enemigos. Esto me conduce irremediablemente a otra pregunta de innegable importancia: En la vida ¿debemos ser nosotros mismos o debemos ser lo que los demás desean que seamos?
La autenticidad y describir al ser humano como único e irrepetible es uno de los rasgos que las corrientes psicológicas humanistas han intentado expandir en las sociedades contemporáneas, y no está mal encaminada la idea salvo por la innegable connotación egocéntrica que conlleva. El ser humano como tal, es único e irrepetible y debe ser lo más natural posible, si, pero sin olvidarse de su naturaleza social. No podremos mirar hacia delante si tenemos nuestros ojos clavados en nuestro ombligo. Para describir como debemos ser, no solo bastará con ser lo más auténtico posible, pues además de la autenticidad, la afiliación social cuenta, y mucho, en nuestra felicidad. Es habitual que personas muy auténticas, que no se callan nada de lo que sienten, terminen solas o socialmente mal vistas. Este tipo de personas suelen decir que siendo así, no tienen porque cambiar, y que la clave de la felicidad y de nuestra forma de ser reside en esa sinceridad de ideas. No estoy del todo de acuerdo con tal afirmación aunque niego que reprimir nuestras emociones por la aceptación social sea lo adecuado.
Ni ser tan auténtico ni ser una copia más, pues lo fácil sería ser muy auténtico o ser una máscara que intenta agradar a los que nos rodean. ¿Cómo debo ser? Pues deberé “estar” en equilibrio con mi “autenticidad personal” sin que ello domine mis relaciones sociales, con esta premisa edificaremos una personalidad propia pero no excluyente del lugar en el que vivimos.


Alexander García Hernández

miércoles, 18 de agosto de 2010

Reflexión 1: ¿Cómo empezar?

Últimamente ando algo liado con los estudios y con la dirección de San Miguel Radio. Fruto de ese esfuerzo me encuentro elaborando guiones reflexivos para uno de nuestros programas, un programa semanal donde se realizan verdaderamente "recorridos por nuestra mente". De esta manera, subiré cada semana (si no existe ningún problema)los textos introductorios de cada programa.


"Comenzar una andadura como esta es similar a enfrentarse a un folio en blanco,
empezar a escribir con un bolígrafo cada línea se torna complicado,
cuando lo que sentimos no se puede transmitir con palabras,
pero cuando miras atrás, y ves que has dicho algo, por poco que sea,
ese algo ya suma en el camino...
Sabemos que andar y recorrer cada pensamiento no es sencillo
pero es fundamental hacerlo si queremos crecer como seres humanos,
y eso es lo que somos: humanos hasta el último átomo de nuestro cuerpo.
¿Qué quiero decirte? te preguntarás,
la reflexión nos hace sentir, y sentir es disfrutar
y como ya tu sabes, disfrutar es vivir
Por eso estamos aquí, porque queremos vivir cada segundo,
cada rincón y cada reflexión contigo
Entendemos que entendernos es fundamental para recorrer este camino
que desde ahora llamaremos: vivir"

miércoles, 31 de marzo de 2010

Desarrollo Sostenible

En pleno siglo XXI, donde el desarrollo económico, industrial o tecnológico se ha establecido como pieza vital para el bienestar de cualquier sociedad, vemos como es cada vez más habitual la concienciación popular para buscar una sana convivencia entre medioambiente y desarrollo, es decir, un equilibrio entre las comodidades humanas y la naturaleza que nos rodea. Pero esta preocupación no es nueva del siglo XXI, ya que durante las últimas décadas se viene hablando desde diferentes ámbitos (político, social, intelectual, ecologista…) sobre ese necesario crecimiento controlado. En este sentido, las cumbres y reuniones han tomado cada vez mayor notoriedad, tanto, que hoy es habitual hablar del tema expuesto: el desarrollo sostenible. Pero hablar del tema no ofrece soluciones ni a corto, ni a largo plazo. Quiero decir, después de 3 décadas “hablando” ha llegado el momento de actuar.

El panorama con el que nos encontramos al afrontar este asunto se torna bastante complicado y complejo. Es un problema de modelo, sobretodo en el modelo capitalista. El capitalismo es la mayor pared a la que ha de enfrentarse el desarrollo sostenible, pues este modelo es corrosivo, destructivo e incluso vejatorio con el tercer mundo primero, y con la naturaleza después. El padre ideológico del capitalismo, Adam Smith (1723-1790) estructuró un sistema económico organizado principalmente por empresas que intercambian bienes y servicios en diferentes mercados, donde además intervienen factores como el trabajo asalariado o el precio. No pretendo profundizar en los aspectos más ideológicos del capitalismo, pero veamos cómo este sistema puede afectar al desarrollo sostenible.

Las empresas o industrias son el recurso ejecutor de los principios capitalistas, es decir, tienen un rol principal a la hora de interferir en el crecimiento de la sociedad. Ellas llevan a cabo directamente el desarrollo económico, industrial o tecnológico, e indirectamente el desarrollo del bienestar social y de la calidad de vida, entre otros. Esto establece que las empresas tengan un poder casi ilimitado sobre gran parte de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Las capacidades de las empresas son muy extensas, pero la principal y más determinante, es su capacidad para crear riqueza. Si ellas crean la riqueza, ellas mismas podrán decidir en que “cuenta corriente” ingresan tales beneficios. Esto ha ocurrido así durante gran parte del siglo XX y, siguiendo con las similitudes, llamaremos “cuenta corriente” (los lugares donde se encuentran los beneficios de las empresas) a los países desarrollados, y a los que quedan fuera o los que no tiene cuenta corriente los llamaremos Tercer Mundo o países subdesarrollados. Llegados a este punto somos los suficientemente perspicaces para saber que hablar de capitalismo es hablar de desequilibrio de riquezas, es decir, que hay países ricos y países pobres y esto tiene algo que ver con las dificultades que tienen las políticas de desarrollo sostenible.

Pero el problema del capitalismo no solo está relacionado con la pobreza, sino que además es un problema de ideologías y pensamientos. La gran mayoría de las grandes industrias trabajan con una idea bastante clara: la obtención del máximo beneficio al menor coste posible. Por eso decíamos que el capitalismo es un sistema corrosivo, porque no sólo persigue el beneficio, sino que lo busca con el menor esfuerzo o coste en el mínimo tiempo. Es cómo el agua de un río, que pese a pasar por una cuenca, va corroyendo los límites. Pues el capitalismo es aquel sistema que conciente y racionalmente pretende llevar más agua de la permitida por una corriente, aún sabiendo que va a desgastar las orillas del río. Quiero decir, el máximo beneficio a corto plazo es lo que importa a las empresas y eso a veces no es compatible con el respeto al medio ambiente. Y es que como sabemos, ensuciar la naturaleza es, para las grandes empresas, menos costoso que cuidarla y protegerla. La contaminación, la edificación o las emisiones de gas son algunas de las consecuencias de las actividades de las industrias, y en la mayoría de los casos no existe una predisposición a la armonía desarrollo-naturaleza debido, como ya hemos insistido con anterioridad, al asunto del máximo beneficio posible.

Aún así, sería una equivocación pensar que toda la culpa es de las empresas, pues las empresas están reguladas por un órgano social que establece un marco de actuación para que éstas desarrollen su actividad. Hablamos efectivamente de la Administración Pública. Los Gobiernos democráticos de los países desarrollados tienen mucho que decir y hacer en materia de desarrollo sostenible y son ellos quienes deben poner límites a los métodos de producción de las industrias. Pero el problema vuelve a ser un problema de modelo: si las empresas generan la riqueza tendrán poder, y teniendo poder deciden enormemente en las políticas de Estado. Es por ejemplo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos y lo que ocurrió en el mandato de George Bush, donde las grandes industrias molestan e intervienen para derrocar la aprobación de leyes que van en su propio perjuicio. Flaco favor hizo George Bush al desarrollo sostenible al ceder (o no oponerse simplemente) ante los chantajes de la industria. Con otras palabras, estamos ante un asunto de intereses de los mandatarios, intereses que para nada están relacionados con la conservación del medio ambiente.

Debemos ser conciente de que cualquier problema tiene solución, y la solución para un correcto desarrollo sostenible es viable si existen acuerdos. Las políticas de Estado suelen ser muy demagógicas, es decir, buscan el consentimiento popular para garantizar buena cantidad de representantes en la Cámara. Esto concibe un grandísimo poder para cambiar las cosas al pueblo, a las manifestaciones y a la concienciación que exista sobre el asunto. Si colectivos de todos los países se movilizan y aportan miles de granos de arena, se podrán crear desiertos. Trabajando para presionar a los políticos se harán cumbres y se tomarán decisiones…