Sigmund Freud exclamó:
- ¡Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo!
Esta frase provocó una leve carcajada a todos los presentes, incluso a mí. No obstante, tras el análisis de las obras del escritor austriaco y de vuelta a casa, me quedé dándole vueltas a su cita. ¿Idiotas? ¿Sólo ellos podían ser felices? Eso quiere decir que existe una indisoluble relación entre la felicidad y la idiotez; a cuanta mayor deficiencia intelectual, mayor felicidad. Entonces me pregunté si conocía a alguien feliz de verdad, alguien que hubiese alcanzado el elixir verdadero o la fórmula exacta para ser feliz, eso daría o quitaría la razón a la cita de Freud. Pensé durante horas en personas que fuesen felices, pero como la felicidad es incuantificable, me resultaría imposible enumerar a conocidos que fuesen felices. A decir verdad, no creía tan siquiera que yo fuese capaz de catalogar sin hablar con las personas sobre su felicidad. Así llegué a la conclusión de que debería buscar de otra forma.
Efectivamente, ya había buscado a personas felices sin resultado alguno, ahora tocaba pues, buscar a los idiotas. Avivadamente me vinieron a la cabeza una cantidad innumerable de idiotas. De tantos que conocía mi cabeza se hizo un lío, me congestioné y no pude sacar conclusiones específicas. Aún así, mi maquina pensante siempre tenía soluciones para mis congestiones mentales, y por ello creo un prototipo generalista de lo que es un idiota. Yo sabía que el idiota no nacía, se hacía con la relación interpersonal, es más, sólo actuaba así cuando se encontraba interactuando con demás individuos. Una de las particularidades de éstos es que no ofrecían cualidades perceptibles a primera vista, se necesitaba hablar con ellos durante un largo rato para poder reconocerlos. Ellos siempre intentaban parecer mejor que yo argumentándome sus increíbles cualidades, contrarrestando las mías y presumiendo de todo cuanto hacían. Los idiotas siempre tenían la verdad, o eso decían, y si les mostraba mis razones ellos se limitaban a no escuchar. Parecían no necesitar aprender de mí, ellos lo sabían todo, pero yo tenía que aprender de ellos eso que Freud había dicho sobre la felicidad.
A partir de aquella reflexión tomé muy en cuenta la prepotencia de los idiotas que conocía. Los escuchaba detenidamente e incluso los llamaba para saber como se encontraban. Recuerdo incluso ir al cine con uno de ellos, éste, al terminar la película no dudo en venir a explicármela con aires de superioridad tan característicos de este tipo de personas. Parecían ser tan felices, tan seguros de si mismo, que realmente no podía dudar de las palabras de Sigmund Freud. Tras dos semanas de análisis pude distinguir que efectivamente todos eran felices, o por lo menos lo eran más que yo. Lo que no conseguía conocer era porqué los idiotas eran felices y los normales no, pero hubo una cualidad común a todos, la ignorancia.
Eran las 15:00 horas de un domingo, llené la bañera de agua hirviendo y me sumergí para descansar del cansancio y estrés acumulado a lo largo de toda la semana, entonces… ¡Claro! Espontáneamente una bombilla iluminó mi pensamiento y alcancé una conclusión, podría entablar conceptos que estuviesen relacionados con “idiota” y “felicidad”. Después de recapacitar sólo pensé que una palabra encajase en aquel puzzle, la palabra era… ignorancia. Salí de la ducha en busca de un diccionario para aclarar varias dudas, primero busqué la palabra idiota, la cual decía en su segunda acepción “engreído sin fundamento para ello” y en su tercera “tonto, corto de entendimiento”. Asocié ambas definiciones y me quedó que un idiota es un tonto engreído de corto de entendimiento. Lugo busqué ignorancia, “falta de conocimiento sobre ciencia, de letras y noticias, general o particular” fue la definición que encontré. De este modo solo me faltaba buscar la palabra felicidad sobre la cual se decía que es “estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien” (no me gustó la definición, pero bueno…). Como conclusión obtuve una frase que podía ayudar a todos los infelices, una frase que los ayudase por lo menos, a parecer más idiotas:
“Ser feliz es un estado de ánimo que se adquiere mezclando una pizca de engreído con un pellizco de falta de conocimiento sobre lo relativamente importante.“
