Estado Naturaleza.
El Estado Naturaleza confiere a aquella distribución social implantada en grupos de personas previa a la configuración del Estado Civil como lo conocemos. Tal y como plantearon Hobbes, Locke, Rousseau o Kant, existen diversas vertientes y teorías acerca de cómo actuaba el individuo en el Estado Naturaleza. Si bien Hobbes y Kant nos plantean que en ese tipo de Estado premiaba la agresividad o la maldad intrínseca de la naturaleza humana, Locke o Rousseau se muestran contrarios defendiendo la bondad y la verdadera libertad existente del individuo anteriormente a la creación del Estado. De este modo, nos encontramos ante dos teorías totalmente opuestas en las cuales se afrontan temas como la verdadera naturaleza humana o su sociabilidad, y su carácter de ser social.
Si bien, he analizado ambas posibilidades y, debo reconocer que el posicionamiento de Kant parece el más acertado puesto que plantea que en el Estado Naturaleza existe un caos donde prevalece el “todos contra todos” y “la ley del más fuerte”. En un mundo donde no existiese el Estado Civil, la fuerza física y las ansias de poder reinarían, siendo la abolición de derechos un acto palpable ya que los más fuertes reprimirían a los más débiles para aumentar su valor, sabiendo que el ser humano es ambicioso por naturaleza. Además, y lo peor de todo, no se garantizaría la libertad del individuo ni de sus derechos, puesto que ningún órgano “justo” podría reprimir actos vandálicos tales como asesinatos, secuestros, robos… Así, podemos llegar a la conclusión de que el objeto máximo del Estado Civil es el de reprimir nuestra naturaleza, de controlar nuestras actitudes más “animales” para desarrollar nuestra única capacidad diferenciadora; la racionalidad. Consecuentemente, el Estado Civil pondrá en funcionamiento herramientas que actuarán en consecuencias a los comportamientos que vayan en contra de lo que se instituye como leyes o derechos establecidos como necesarios. Estas herramientas garantizarían principalmente nuestra libertad (salvo en el caso del absolutismo) sin que ésta afecte a la de los demás, afectará también a la igualdad de todos los agentes o a la paz y la fraternidad entre otros tantos.
Precisamente el contrato social surgió como una necesidad real y moral, como un avance de la especie a sabiendas de que con la interrelación de individuos humanos sé desarrollará de manera más veloz y más eficiente nuestra especie conociendo que, como decía Aristóteles, somos seres sociales. Y como seres sociales hemos creado un sistema social para convivir en paz, para coexistir apaciblemente creando un instrumento que garantice una convivencia armónica. Desde la ética, y bajo mi punto de vista, esa sería la definición de contrato social. En este punto somos concientes de que el Estado Civil surge como una necesidad ética y política: ética porque somos seres sociales y tenemos la necesidad natural de relacionarnos con otras personas de la mejor manera posible, y política debido a que necesitamos garantizar unos derechos tales como la propiedad privada, la libertad, la igualdad, las fronteras internacionales, etc. mediante una organización racional, lo que conlleva a la creación de un sistema político ejecutor de tales necesidades.
Hemos hablado de Sistema Civil como sistema de represión, pero no como sistema de represión de nuestros derechos, sino de nuestra naturaleza más agresiva. Nuestros instintos más animales no tendrían cabida en una sociedad de millones de habitantes que se relacionan entre si, o más desplazado hacia nuestros tiempos, esta naturaleza primitiva no tendría cabida en una sociedad globalizada, es más, sin Estado Civil, no podría existir ni el desarrollo ni la sociedad globalizada como la conocemos. Esto desemboca en una nueva idea, en la cual el progreso solo es posible con la creación de un Estado Civil, donde éste reprime nuestros impulsos más feroces pero además garantiza nuestro bienestar (o por lo menos debería). Pero, ¿es necesario el progreso? o sencillamente ¿qué es el progreso? ¿Forma parte de nuestra naturaleza progresar?
Yo definiría al progreso, en el contexto que nos toca, como aquel crecimiento de una u otra forma de la calidad de vida de una persona dentro de una sociedad a lo largo de la historia. La maximización de la calidad de vida de una sociedad supone progresar, supone vivir mejor y disfrutar más de nuestra libertad, de nuestros derechos, de la igualdad… Debemos plantearnos que en un Estado Natural este tipo de progreso no tendría cabida puesto que sin normas de convivencias, sin organización social o simplemente sin represión de instintos animales, la calidad de vida y su progreso quedaría en “stop”. Habrá quien ahora plantee que el progreso no forma parte de nuestra naturaleza, o como Locke, quien plantea el Estado Natural como el que debe implantarse en las sociedades, teoría a la que soy completamente contrario pues no ofrece garantía de libertad ni de derechos. La cualidad que nos diferencia de los demás seres vivos es la razón, lo cual naturalmente nos hace diferentes, nos hace incomparables con los animales. Los humanos hemos aprovechado nuestra cualidad para desarrollarnos por el mero hecho de que es necesario, por nuestra naturaleza de ser sociable y por la necesidad imperiosa de aumentar nuestra calidad de vida, es decir, para vivir mejor.
Hacia la paz perpetua.
Kant defiende la necesidad de la guerra entre los individuos para el progreso de la Cultura y la guerra entre Estados con el objeto de alcanzar la paz perpetua. Este planteamiento, que hace depender la paz y el progreso de la guerra, es muy discutible. Una objeción evidente, por ejemplo, podría ser la posibilidad de una guerra nuclear que no dejaría opción sino a una paz de cementerio. Y es que, contra lo que defiende el propio Kant, la guerra no debe ser un instrumento válido para garantizar la paz, pues lo que se consigue mediante la violencia sólo con violencia se podría mantener.
De manera empírica, en la historia de la humanidad, se refleja que las guerras sólo sirven para desestabilizar y sembrar odio. Si bien no existen guerras buenas o necesarias, existen, bajo mi punto de vista, guerras evitables. Eso atiende a que cualquier conflicto resuelto por armas, bien sean Guerras Civiles, Revoluciones, Guerras entre Naciones… podrían resolverse con la predisposición de ambas partes a “negociar”. Esa es la palabra que en este contexto sería antónimo de “guerrear”, pues con sentido común y dialogo la guerra siempre puede reducirse a un debate oral donde los argumentos pueden ser mas poderosos que las armas.
En “Hacia la paz perpetua” Kant propone afirmaciones como las que se presentan a continuación:
“No debe ser válido como tal tratado de paz ninguno que se haya celebrado con la reserva secreta de algún motivo de guerra futura”.
Es evidente que un tratado en el cual se justifiquen o se posibiliten guerras futuras no ofrecerá ningún atisbo de garantía para caminar “Hacia la paz perpetua”. Esto, en nuestro contexto, se podría transpolar a los tratados de tregua entre gobierno y E.T.A. Estos tratados no garantizan una paz futura, por lo que son contrarios a los planteamientos de Kant. Bajo mi punto de vista, esta claro que cualquier Tratado de Paz debe garantizar la paz futura, siendo de carácter público para el conocimiento de la nación, mostrando la garantía de fraternidad entre los pueblos.
“Con el tiempo los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente”.
Hoy día la situación es justamente la contraria: las naciones, con EEUU a la cabeza, aspiran a armarse cada vez más, y especialmente con el arma definitiva, el arma nuclear. Aunque disminuya el número de soldados al profesionalizarse los ejércitos el avance tecnológico convierte a los ejércitos en una amenaza permanente no sólo para la paz sino también para la supervivencia de la humanidad.
“Ningún estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y en el gobierno de otro”.
Un ejemplo claro de violación contraria a esta idea puede ser la Guerra entre Estados Unidos e Irak, donde los norteamericanos creen tener el derecho moral de arreglar los asuntos internos del pueblo irakí. En este caso, me parece acertado pensar que cada pueblo debe configurar su propio destino sin que exista la intervención exterior, pues esta siempre se producirá en función a intereses de diversa índole y no proporcionará un desarrollo medido a lo que necesite el pueblo.
“No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior”.
Esto es lo que está ocurriendo por ejemplo en Estados Unidos, donde los asuntos de exterior como la Guerra de Irak condicionan temas de interior como sanidad o educación. Este planteamiento kantiano es bastante inteligente pues antepone la inversión en asuntos interiores antes que en asuntos exteriores, lo que denota un gesto de secundarización con respecto a las relaciones internacionales.
A modo de síntesis sobre lo escrito con anterioridad, quiero manifestar mi posicionamiento en contra de cualquier justificación sobre las guerras, pues no son aval preciso para consolidar la paz de un Estado. Lo que la violencia consigue, sólo es mantenido con violencia y tal y como manifiesta Kant, debemos caminar hacia la paz perpetua. ¿Cómo? La razón debe manifestarse incompatible con la guerra, la razón debe embarcar argumentos sólidos encarceladores de toda conducta violenta. Asimismo, parece complicado alcanzar tal perpetuidad pues las naciones siguen investigando con armas nucleares, siendo el sector militar uno de los mayores mercados económicos mundiales al respecto. En un sistema de “beneficios”, los reportados por la industria militar son premisas más que suficientes para utopizar con una posible abolición de armas a nivel mundial.
Igualmente, y con los avances que nuestras sociedades parecían haber sufrido durante el siglo XX, hemos sido testigos pasivos en los últimos años de guerras “contra el terrorismo”, ofreciendo dicha afirmación una contradicción total y absoluta. El terrorismo comparte violencia, la guerra en contra del terrorismo magnificará la violencia. Efectivamente, se “vende” una guerra a favor de la paz, lo cual muestra que pese a tales avances la humanidad seguirá pecando de “justa” con intervenciones militares, con intervenciones internacionales que se alargan en el tiempo sin soluciones pacifistas reales.
El sistema ideal: La República.
Kant considera que el sistema político apropiado para alcanzar la paz es la constitución republicana porque implica libertad, igualdad, ciudadanía, representatividad y separación de poderes. La propuesta de Kant es muy semejante a nuestras modernas democracias occidentales y es, sin duda alguna, una afirmación muy coherente.
Sería común pensar que mientras el pueblo decida, las guerras tomarán un segundo plano en la vida política y en las relaciones internacionales, pues éste es el máximo perjudicado en caso de producirse tales conflictos. Los intereses materialistas de los ciudadanos son un buen motivo para garantizar la paz. Por ende, República y Paz caminarían de la mano pues los intereses del pueblo prevalecerían. Eso convierte a los políticos en meros intérpretes de los intereses del pueblo, así sus decisiones deben de ser la traslación de la opinión general, que por consiguiente será una opinión fraterna. Contrariamente, se puede dar el caso de una desvirtuación de los intereses del pueblo a favor de los intereses políticos, donde los gobernantes tomasen decisiones personales sin tomar en cuenta el dictamen del pueblo, hecho que se produjo en España con la Guerra de Irak donde Aznar envió tropas sin el consentimiento social. En este caso, se tornaría más preciso una democracia asamblearía como proponía Rousseau, aunque inviable desde el punto de vista temporal, económico... es decir, sería una utopía. También sería fantasioso pensar que el pueblo siempre responde con conductas fraternas y amistosas, como en el caso de Alemania de principios de siglo, donde el nazismo se tomó como una conducta social ultraconservadora y racista. Así, la República no se destapa como una fórmula exacta y precisa para la implantación de la paz, pero si que puede ser una herramienta válida para garantizar libertad, igualdad, ciudadanía o representatividad.
Kant insiste en la imposibilidad de la desobediencia civil en la constitución republicana. El problema evidente que plantea este modo de ver las cosas es que impide que el pueblo imponga su criterio frente a posibles injusticias de los representantes o de las leyes. El verdadero reto que implica una República es el establecimiento de unas leyes justas, una constitución adecuada, que garantice la auténtica libertad del pueblo. Con la capacidad de decisión del pueblo en la elección de sus gobernantes mediante sufragio universal se garantizaría la mayor libertad posible en un Estado de convivencia social, que ya es bastante. La República es un sistema que se acerca al sistema por excelencia pero que, como todo sistema, ofrece “vacíos” imposibles de rellenar.
Otro error destacable del sistema de representación reside en la manipulación que desde los propios gobernantes se puede hacer sobre el pueblo. Más concretamente, este rol lo han tomado los medios de comunicación, quienes funcionan como intérpretes de intereses políticos y no de meros trasladadores de información sobre la realidad del sistema y de la sociedad.
