miércoles, 22 de abril de 2009

Dios ha muerto

Dios ha muerto, dijo Nietzsche enterrando al error del nihilismo que había apresado a nuestra Europa desde que Platón creó tal mentira. Y es que antes que la Iglesia, fue Platón quien habló de otro mundo, el mundo de las ideas más concretamente. Ese mundo del que venimos y al que vamos, ese mundo donde existe lo permanente, lo auténtico, donde la esencia se muestra y todas nuestras preguntas obtienen verdaderas respuestas. Luego la Iglesia adaptó ciertos conceptos pero engrandeció hasta niveles surrealistas tal idea redefiniendo la idea del bien de Platón a un término que seguro que te suena más: Dios. Hubo quien definió a Dios como lo perfecto, aquellas cualidades humanas como la bondad o la compresión se elevaron hacia el infinito y obtuvimos un ser todopoderoso. Él regiría nuestras vidas dotándonos de una reencarnación en alma tras la muerte, esa será nuestra salvación si actuamos como sus libros indican. A su vez, nos dieron manuales (Biblias, Coranes…) que mostraban como debíamos actuar para alcanzar “el otro mundo” o “el paraíso”.
Gracias, principalmente a los romanos, la religión en Europa creció rápidamente y se impuso el catolicismo como religión principal durante 21 siglos. Este periodo histórico es lo que Nietzsche llamó nihilismo. La primera consecuencia que se deriva de la difusión de este tipo de religiones, que creen en la reencarnación y existencia de dos mundos, es bastante sencilla; se resta importancia a este mundo, lo dejan en un segundo plano convirtiendo nuestras vidas en un vehiculo hacia lo divino, hacia la felicidad eterna. Así malvivimos y no aprovechamos la única oportunidad que tenemos para ser felices; nuestra única vida. Con este pensamiento religioso se contiene, mediante el temor a ser excluido del “paraíso”, a la sociedad… Pero querido lector, puedes estar tranquilo, Dios ha muerto y como afirma el propio Nietzsche, este profundo sueño en el que nos sumergió la religión irá despertando porque forma parte de nuestra naturaleza enfrentarnos a la razón. Es nuestra ética y nuestra moral la que matará a Dios.