lunes, 27 de abril de 2009

Consejos para animadores (I parte)

Primeras ideas.

Digamos que mi experiencia con la juventud comenzó allá por 2005, cuando con 19 años recibí, tras haber confiado mi currículum por alguna de aquellas oficinas, una llamada de un Ayuntamiento cualquiera de España, mi país. Todo era nuevo, tan nuevo como el olor de un coche recién estrenado y yo, su novel conductor. Inseguro de mi mismo, con falta de convicción y voz temblorosa, apenas pude mostrar mis virtudes en una breve presentación con la que sería mi superiora. Ciertamente debo reconocer que cuando me dijeron Animador Sociocultural desconocí por completo las funciones del trabajo, me sonó como un tecnicismo de aquellos que leía en cualquier informe médico sobre mí tras acudir a una consulta.
Me consideré un privilegiado. Con 19 años tenía ante mí el reto de ofrecer a la gente de mi edad, incluso mayor que yo, actividades de ocio acordes a sus necesidades. Esa era primeramente mi labor; hablar con los jóvenes usuarios del Centro Juvenil para obtener información que luego tendría que mostrar en las reuniones de coordinación de Juventud. Me gustaba hacerme llamar “intermediario”, el que transmite información. De este modo, pasé las tardes de los primeros meses de trabajo hablando, jugando al billar, al ping-pong, a la Play Station, es decir, divirtiéndome con mis amigos y con quien quisiera divertirse con nosotros. Esa parecía ser la labor del Monitor que yo deducía de lo que se me exigía y de lo que debía hacer o argumentar haber hecho.
“El animador tiene que animar”, valga la redundancia, era una de las efusivas frases que mencionaban mis compañeros durante mis primeros días de trabajo, vivificar al presente asistente, en cualquier actividad, era el cometido en la teoría que me habían encargado. Verdaderamente, para mí, aquello de animar, a primera vista, me pareció demasiado simple, lo suficiente como para creer que cualquier persona podía realizar ese trabajo. Ese prejuicio mostraba ser cierto ante mis ojos, pero no mostraba la realidad. Yo no era una persona excesivamente prejuzgante, al contrario, me consideraba bastante relativista y comprensiva con los demás, facultades éstas que posiblemente fuesen positivas en esta profesión.
Con el transcurso del primer mes pude tener unas primeras nociones de cómo tratar, desde la formalidad de la Administración, a los que eran mis conocidos, a mis amigos, y a los que no lo eran. Empecé a trabajar sobre la imagen que debía trasladar desde el Ayuntamiento a los adolescentes, tenía que buscar la fórmula que encontrase un punto de equilibrio entre las demandas de los jóvenes y las ofertas de la Concejalía. No me gustaba hablar de jóvenes como colectivo porque los grupos suelen estar predefinidos y generalizan al individuo. Quizá esa generalización del comportamiento de los jóvenes me pareció, y me sigue pareciendo a día de hoy, un error de base en el planteamiento por parte de la Administración.


Primer contacto

Cuando dejas de ser un “pivito” más en la acción y te conviertes en el centro del meollo, la percepción de la actividad sufre una considerable metamorfosis. Esa modificación mental de la percepción de un mismo suceso requiere de un proceso de adaptación tanto para el animador como para el propio joven. Se trata de un periodo de convivencia en el cual animador y adolescente entablan un primer contacto para conocerse mutuamente. Esa primera impresión camina ligada a un prejuicio innato que nos hace verter valoraciones prematuras sobre el individuo, y que nos impiden, con casi toda seguridad, hacer una evaluación objetiva sobre cualquier individuo o proceso.
Para afrontar este primer contacto, prejuicios a parte, existen miles de fórmulas que pretenden hacer más mecánico este proceso. Yo, con un planteamiento un tanto relativista, planteo que cada circunstancia requiere de una acción concreta y las generalizaciones, como ya he mencionado, siempre conducen a la inexactitud. Hay manuales que preparan terapias de primer contacto con colectivos juveniles, pero no es objeto de este libro profundizar en ello, aquí hablaré de mi experiencia al establecer un primer encuentro con colectivos juveniles.
La experiencia me dice que con el paso de los días, el primer contacto sólo queda en eso, en un primer contacto. Generalmente este primer encuentro, si no es muy desastroso, no deriva en consecuencias importantes sobre el futuro. Así, en esta fase, yo no di especial importancia a mi comportamiento ni a las dinámicas que debía trabajar, no profundicé en lo que quería hacer ni en mi forma de hacerlo, no quería valoraciones subjetivas prematuras sobre mi gestión y sobre mi persona. Lo único que pretendí en mi primer contacto fue alejarlo de hechos desastrosos que condicionasen el camino a recorrer. Mi camino era un trabajo a largo plazo, y no proyectaba vaciar la cantimplora el primer día, tenía que custodiar el agua para todo el trayecto. A su vez, creando esta pequeña distancia relacional, podía generar un espacio de misterio. Brindaba poca información a los jóvenes y eran estos quienes tendrían que conseguir la restante información, era una especie de juego de investigación que los jóvenes desconocían y del cual eran partícipes.
El panorama que me encontré fue el de un grupo bastante poco involucrado y nada participativo, un grupo que apenas apreciaba cambios de monitores y que realmente hacían de su aportación al Centro una participación ciertamente informal y esporádica. No quiero decir con esto que todos los panoramas sean similares. Sabía que los monitores anteriores a mí entablaban en el primer contacto una relación excesivamente cercana que podía llegar a ser agobiante, brindando todo el trabajo por hacer en las 2 horas de duración del encuentro, mostrando el camino predeterminado a recorrer. Era (y es) un comportamiento excéntrico y extrovertido que llamaba, cuanto menos, la atención de los presentes. Ello generaba, para bien o para mal, expectativas en el colectivo juvenil que, bajo mi percepción, no solían provocar buenos resultados. Sé que la iniciativa es un principio fundamental para fomentar la participación pero, en este caso, quizá la iniciativa no conduciría más que al compromiso y a la responsabilidad, y ello no solía atraer a los jóvenes. Si iba a trabajar con jóvenes que no querían comprometerse, no debía hacerles cambiar de opinión y comprometerlos, debía ofrecerles actividades que no conllevasen compromiso. Aquí podríamos caer en un debate de compromiso y de funciones de un animador, pero ya profundizaré más adelante en ello.
Mi primer contacto con jóvenes en una Casa de Juventud fue algo frío, sin contacto excesivo y con conversaciones sencillas que más bien pretendían no caer mal ni generar ningún “desastre”. No quería ser el centro de la acción ni el tema de debate, quería ser uno más, ya que esa actitud egocéntrica de ser el centro de La Casa de Juventud no me parecía adecuada, aunque las circunstancias a veces lo establecían. Se podría considerar como una actitud moderada, que aunque no fuese cercana, si que prendía sobre todo escuchar. Para mi era más importante escuchar que proponer. Escuchaba las conversaciones de los jóvenes, hablaba, cuando el momento lo requería, con ellos… Si escuchaba y percibía cada sensación y cada comportamiento y no llamaba la atención, siempre que el momento no lo requería, sería un usuario más aunque, este planteamiento, tendría mis dificultades, que ya veremos más adelante como solucioné.
Me fije además que otros animadores hablaban de proyectos y de excursiones que se iban a hacer. Contrariamente yo escuchaba a los usuarios y así podía sacar conclusiones más precisas sobre que hacer y como hacerlo. Las dos formas de establecer un primer contacto a buen seguro serán eficaces en circunstancias determinadas, en mi circunstancia esa actitud me pareció la correcta.
En definitiva, en este primer contacto procuré ser uno más, un joven más (que lo era), no llamar la atención ni generar un prejuicio, eso me daría una base sólida para afrontar un futuro continuista y acertado.

Fase de adaptación

Si el primer contacto nos conduce a la interacción mutua, debemos ser concientes de la importancia de adaptar nuestras habilidades a nuestro entorno, a las circunstancias concretas de cada actividad.


Si la relación con los jóvenes requiere de un primer contacto, éste, irremediablemente, nos conduce a un espacio temporal en el cual tendremos que conocer y hacernos a la idea de cómo actúan éstos, es decir, un periodo de relación que sirva de vehículo para el conocimiento mutuo entre monitor y adolescente… Este periodo se conoce como fase de adaptación y puede durar días, semanas, meses, incluso años… Algunos dicen que en este periodo sólo debemos conocer, percibir, sería una especie de extensión de lo que para mí, era el primer contacto. Si muchos hacían de su primera toma de contacto una exposición de actividades, la fase de adaptación se convertía en un periodo de análisis largo y taciturno. No por la falta de excentricidad del monitor, no por la escasez de interacción, pero si por la falta de actividades. En el apartado anterior hablé del primer encuentro, en el cual era partidario de percibir… Pero eso sólo me valía el primer día, el segundo o, como mucho, el tercero. A partir de ahí ya debía Personalmente opino que la fase de adaptación nunca termina, es una cuesta interminable que parece tener fin, pero que cuanto más caminamos más nos damos cuenta de que es imposible llegar a lo más alto.