Puedes ir a la biblioteca más cercana a casa y preguntar por la sección de filosofía. Allí encontrarás muchisimos libros, demasiados. Estantes llenos de enormes tomos, enciclopedias con millones de frases. De tanta documentación podriámos extraer miles de ideas, un sinfín de teorías. Algunas más en lo cierto, otras menos. Podrías buscar la explicación de la verdad leyendo en los libros, descubririás una enorme cantidad de ideologías, de vertientes históricas que hombres maravillosos a lo largo de la historia han plasmado. Viajarías a los pensamientos más profundos y reflexivos de la humanidad preguntándote asuntos que jamás pudiste imaginar.
Luego, puedes aplicar todas esas teorías a tu vida cotidiana, pues te darías cuenta de la utilidad de la filosofía. Puedes trazar mediante la ética unas pautas para guiar tu vida. Aplicarías el conocimiento y te convertirías en una persona fría, una persona que conoce bastante sobre la realidad. Te concienciarías de que la muerte supone el fin, o no, adquiriendo un carácter imperturbable sobre tu alrededor. Serías más fuerte en tu día a día creyendo dejar atrás el perspectivismo y creyendo que la verdad te acompaña.
Tantos libros en busca de la verdad, tantas horas de pensamientos desde los presocráticos, pasando por Platón, Hume, Nietzche.. hasta los más contemporaneos, tantas grandes frases y tantas vidas de amor hacia la filosofía, y todo, o casi todo, para buscar la verdad… La verdad es uno de los temas centrales que estudia la filosofía y mira que existen libros, que existen y han existido grandes mentes que intentasen expresar la esencia de la verdad. Y cada filósofo encontró su verdad, la plasmó, pero todavia no conocí el libro que me explicase eso de la verdad real, absoluta e invariable… Yo busqué la verdad, sigo en busca y captura de ella, pero he alcanzado una primera conclusión; la verdad es que no existe la verdad, sólo la construimos cada uno de nosotros.
miércoles, 29 de abril de 2009
martes, 28 de abril de 2009
Posibles soluciones a la crisis
Bajo mi punto de vista, el Estado debe actuar como espectador activo de los acontecimientos relegando el protagonismo a los bancos, quienes desde el compromiso social deben asumir las consecuencias de la “burbuja inmobiliaria” que ellos mismo constituyeron. El Gobierno, como espectador activo, podría opinar y tomar decisiones en materias como los impuestos a las Pymes, las trabas de los trámites burocráticos, la estimulación en el consumo, la creación de obras públicas puntuales, ayudas sociales… pero no se deberían tomar medidas de apoyo económico a las empresas privadas, pues no pasa por ser la solución a la crisis, ya que agrava más la situación fomentando la dependencia.
Como solución a corto plazo, los distintos estamentos de la Administración puntualmente pueden estimular la economía mediante obras públicas para crear puestos de trabajo, pero esta estimulación debe ser coherente con planes a largo plazo que establezcan la estabilidad con una economía liberada. Otra de las medidas que puede tomar el Estado es la de fomentar la creación de Pymes disminuyendo sendos impuestos y trámites burocráticos, lo cual creará más puestos de trabajo. Las Pymes toman un papel relevante en esta crisis.
Como solución a largo plazo, los bancos deben autorregularse internamente aumentando su papel como parte causante de esta crisis, concediendo créditos a las Pymes y particulares y ofreciendo servicios que no sean meramente especulativos. La política de los bancos de enriquecerse a altas velocidad debe dejarse en un segundo plano, afrontando un periodo de compromiso donde éstos deben ser concientes de que pueden llegar a perder dinero en consecuencia de sus actos. Deben crearse acuerdos promovidos entre los representantes de las empresas y los bancos que faciliten la financiación de las actividades económicas a largo plazo. Los bancos tienen el poder de estimular la economía pero la estimulación si que depende del Gobierno.
El empleo es el problema real de la crisis, siendo éste quien puede mermar la calidad de vida social. He planteado que puntualmente el Estado puede incentivarlo con la contratación indirecta de empresas para la realización de obras públicas, esto haría disminuir el número de desempleados. También podría ser una solución la restricción a la creación de grandes superficies comerciales, que están achicando la cuota de mercado de las Pymes. Otra posibilidad pasa por la creación de Zonas Especiales (como la Zec) a lo largo de toda la península, con la intención de diversificar y estimular las actividades económicas. Proceder a una reconversión industrial fomentando el I+D también ofrecería atisbos de independencia de los sectores económicos.
Con respecto a los pisos que han quedado vacíos, lo más normal sería abaratarlos hasta precios razonables y reales, precios que los consumidores estarían dispuestos a pagar. Parece que, aún en los tiempo que corren, las inmobiliarias apenas hayan procedido a simbólicas disminuciones del precio de la vivienda, sabiendo que la especulación y la sobre valorización forma parte del precio de dichos inmuebles. Con el paso del tiempo el valor de la vivienda disminuirá, siendo asequibles para mayor número de personas, lo que paulatinamente conllevará a producirse nuevamente la adquisición de dichos hogares.
Como solución a corto plazo, los distintos estamentos de la Administración puntualmente pueden estimular la economía mediante obras públicas para crear puestos de trabajo, pero esta estimulación debe ser coherente con planes a largo plazo que establezcan la estabilidad con una economía liberada. Otra de las medidas que puede tomar el Estado es la de fomentar la creación de Pymes disminuyendo sendos impuestos y trámites burocráticos, lo cual creará más puestos de trabajo. Las Pymes toman un papel relevante en esta crisis.
Como solución a largo plazo, los bancos deben autorregularse internamente aumentando su papel como parte causante de esta crisis, concediendo créditos a las Pymes y particulares y ofreciendo servicios que no sean meramente especulativos. La política de los bancos de enriquecerse a altas velocidad debe dejarse en un segundo plano, afrontando un periodo de compromiso donde éstos deben ser concientes de que pueden llegar a perder dinero en consecuencia de sus actos. Deben crearse acuerdos promovidos entre los representantes de las empresas y los bancos que faciliten la financiación de las actividades económicas a largo plazo. Los bancos tienen el poder de estimular la economía pero la estimulación si que depende del Gobierno.
El empleo es el problema real de la crisis, siendo éste quien puede mermar la calidad de vida social. He planteado que puntualmente el Estado puede incentivarlo con la contratación indirecta de empresas para la realización de obras públicas, esto haría disminuir el número de desempleados. También podría ser una solución la restricción a la creación de grandes superficies comerciales, que están achicando la cuota de mercado de las Pymes. Otra posibilidad pasa por la creación de Zonas Especiales (como la Zec) a lo largo de toda la península, con la intención de diversificar y estimular las actividades económicas. Proceder a una reconversión industrial fomentando el I+D también ofrecería atisbos de independencia de los sectores económicos.
Con respecto a los pisos que han quedado vacíos, lo más normal sería abaratarlos hasta precios razonables y reales, precios que los consumidores estarían dispuestos a pagar. Parece que, aún en los tiempo que corren, las inmobiliarias apenas hayan procedido a simbólicas disminuciones del precio de la vivienda, sabiendo que la especulación y la sobre valorización forma parte del precio de dichos inmuebles. Con el paso del tiempo el valor de la vivienda disminuirá, siendo asequibles para mayor número de personas, lo que paulatinamente conllevará a producirse nuevamente la adquisición de dichos hogares.
lunes, 27 de abril de 2009
Los idiotas son más felices
Sigmund Freud exclamó:
- ¡Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo!
Esta frase provocó una leve carcajada a todos los presentes, incluso a mí. No obstante, tras el análisis de las obras del escritor austriaco y de vuelta a casa, me quedé dándole vueltas a su cita. ¿Idiotas? ¿Sólo ellos podían ser felices? Eso quiere decir que existe una indisoluble relación entre la felicidad y la idiotez; a cuanta mayor deficiencia intelectual, mayor felicidad. Entonces me pregunté si conocía a alguien feliz de verdad, alguien que hubiese alcanzado el elixir verdadero o la fórmula exacta para ser feliz, eso daría o quitaría la razón a la cita de Freud. Pensé durante horas en personas que fuesen felices, pero como la felicidad es incuantificable, me resultaría imposible enumerar a conocidos que fuesen felices. A decir verdad, no creía tan siquiera que yo fuese capaz de catalogar sin hablar con las personas sobre su felicidad. Así llegué a la conclusión de que debería buscar de otra forma.
Efectivamente, ya había buscado a personas felices sin resultado alguno, ahora tocaba pues, buscar a los idiotas. Avivadamente me vinieron a la cabeza una cantidad innumerable de idiotas. De tantos que conocía mi cabeza se hizo un lío, me congestioné y no pude sacar conclusiones específicas. Aún así, mi maquina pensante siempre tenía soluciones para mis congestiones mentales, y por ello creo un prototipo generalista de lo que es un idiota. Yo sabía que el idiota no nacía, se hacía con la relación interpersonal, es más, sólo actuaba así cuando se encontraba interactuando con demás individuos. Una de las particularidades de éstos es que no ofrecían cualidades perceptibles a primera vista, se necesitaba hablar con ellos durante un largo rato para poder reconocerlos. Ellos siempre intentaban parecer mejor que yo argumentándome sus increíbles cualidades, contrarrestando las mías y presumiendo de todo cuanto hacían. Los idiotas siempre tenían la verdad, o eso decían, y si les mostraba mis razones ellos se limitaban a no escuchar. Parecían no necesitar aprender de mí, ellos lo sabían todo, pero yo tenía que aprender de ellos eso que Freud había dicho sobre la felicidad.
A partir de aquella reflexión tomé muy en cuenta la prepotencia de los idiotas que conocía. Los escuchaba detenidamente e incluso los llamaba para saber como se encontraban. Recuerdo incluso ir al cine con uno de ellos, éste, al terminar la película no dudo en venir a explicármela con aires de superioridad tan característicos de este tipo de personas. Parecían ser tan felices, tan seguros de si mismo, que realmente no podía dudar de las palabras de Sigmund Freud. Tras dos semanas de análisis pude distinguir que efectivamente todos eran felices, o por lo menos lo eran más que yo. Lo que no conseguía conocer era porqué los idiotas eran felices y los normales no, pero hubo una cualidad común a todos, la ignorancia.
Eran las 15:00 horas de un domingo, llené la bañera de agua hirviendo y me sumergí para descansar del cansancio y estrés acumulado a lo largo de toda la semana, entonces… ¡Claro! Espontáneamente una bombilla iluminó mi pensamiento y alcancé una conclusión, podría entablar conceptos que estuviesen relacionados con “idiota” y “felicidad”. Después de recapacitar sólo pensé que una palabra encajase en aquel puzzle, la palabra era… ignorancia. Salí de la ducha en busca de un diccionario para aclarar varias dudas, primero busqué la palabra idiota, la cual decía en su segunda acepción “engreído sin fundamento para ello” y en su tercera “tonto, corto de entendimiento”. Asocié ambas definiciones y me quedó que un idiota es un tonto engreído de corto de entendimiento. Lugo busqué ignorancia, “falta de conocimiento sobre ciencia, de letras y noticias, general o particular” fue la definición que encontré. De este modo solo me faltaba buscar la palabra felicidad sobre la cual se decía que es “estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien” (no me gustó la definición, pero bueno…). Como conclusión obtuve una frase que podía ayudar a todos los infelices, una frase que los ayudase por lo menos, a parecer más idiotas:
“Ser feliz es un estado de ánimo que se adquiere mezclando una pizca de engreído con un pellizco de falta de conocimiento sobre lo relativamente importante.“
- ¡Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo!
Esta frase provocó una leve carcajada a todos los presentes, incluso a mí. No obstante, tras el análisis de las obras del escritor austriaco y de vuelta a casa, me quedé dándole vueltas a su cita. ¿Idiotas? ¿Sólo ellos podían ser felices? Eso quiere decir que existe una indisoluble relación entre la felicidad y la idiotez; a cuanta mayor deficiencia intelectual, mayor felicidad. Entonces me pregunté si conocía a alguien feliz de verdad, alguien que hubiese alcanzado el elixir verdadero o la fórmula exacta para ser feliz, eso daría o quitaría la razón a la cita de Freud. Pensé durante horas en personas que fuesen felices, pero como la felicidad es incuantificable, me resultaría imposible enumerar a conocidos que fuesen felices. A decir verdad, no creía tan siquiera que yo fuese capaz de catalogar sin hablar con las personas sobre su felicidad. Así llegué a la conclusión de que debería buscar de otra forma.
Efectivamente, ya había buscado a personas felices sin resultado alguno, ahora tocaba pues, buscar a los idiotas. Avivadamente me vinieron a la cabeza una cantidad innumerable de idiotas. De tantos que conocía mi cabeza se hizo un lío, me congestioné y no pude sacar conclusiones específicas. Aún así, mi maquina pensante siempre tenía soluciones para mis congestiones mentales, y por ello creo un prototipo generalista de lo que es un idiota. Yo sabía que el idiota no nacía, se hacía con la relación interpersonal, es más, sólo actuaba así cuando se encontraba interactuando con demás individuos. Una de las particularidades de éstos es que no ofrecían cualidades perceptibles a primera vista, se necesitaba hablar con ellos durante un largo rato para poder reconocerlos. Ellos siempre intentaban parecer mejor que yo argumentándome sus increíbles cualidades, contrarrestando las mías y presumiendo de todo cuanto hacían. Los idiotas siempre tenían la verdad, o eso decían, y si les mostraba mis razones ellos se limitaban a no escuchar. Parecían no necesitar aprender de mí, ellos lo sabían todo, pero yo tenía que aprender de ellos eso que Freud había dicho sobre la felicidad.
A partir de aquella reflexión tomé muy en cuenta la prepotencia de los idiotas que conocía. Los escuchaba detenidamente e incluso los llamaba para saber como se encontraban. Recuerdo incluso ir al cine con uno de ellos, éste, al terminar la película no dudo en venir a explicármela con aires de superioridad tan característicos de este tipo de personas. Parecían ser tan felices, tan seguros de si mismo, que realmente no podía dudar de las palabras de Sigmund Freud. Tras dos semanas de análisis pude distinguir que efectivamente todos eran felices, o por lo menos lo eran más que yo. Lo que no conseguía conocer era porqué los idiotas eran felices y los normales no, pero hubo una cualidad común a todos, la ignorancia.
Eran las 15:00 horas de un domingo, llené la bañera de agua hirviendo y me sumergí para descansar del cansancio y estrés acumulado a lo largo de toda la semana, entonces… ¡Claro! Espontáneamente una bombilla iluminó mi pensamiento y alcancé una conclusión, podría entablar conceptos que estuviesen relacionados con “idiota” y “felicidad”. Después de recapacitar sólo pensé que una palabra encajase en aquel puzzle, la palabra era… ignorancia. Salí de la ducha en busca de un diccionario para aclarar varias dudas, primero busqué la palabra idiota, la cual decía en su segunda acepción “engreído sin fundamento para ello” y en su tercera “tonto, corto de entendimiento”. Asocié ambas definiciones y me quedó que un idiota es un tonto engreído de corto de entendimiento. Lugo busqué ignorancia, “falta de conocimiento sobre ciencia, de letras y noticias, general o particular” fue la definición que encontré. De este modo solo me faltaba buscar la palabra felicidad sobre la cual se decía que es “estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien” (no me gustó la definición, pero bueno…). Como conclusión obtuve una frase que podía ayudar a todos los infelices, una frase que los ayudase por lo menos, a parecer más idiotas:
“Ser feliz es un estado de ánimo que se adquiere mezclando una pizca de engreído con un pellizco de falta de conocimiento sobre lo relativamente importante.“
Consejos para animadores (I parte)
Primeras ideas.
Digamos que mi experiencia con la juventud comenzó allá por 2005, cuando con 19 años recibí, tras haber confiado mi currículum por alguna de aquellas oficinas, una llamada de un Ayuntamiento cualquiera de España, mi país. Todo era nuevo, tan nuevo como el olor de un coche recién estrenado y yo, su novel conductor. Inseguro de mi mismo, con falta de convicción y voz temblorosa, apenas pude mostrar mis virtudes en una breve presentación con la que sería mi superiora. Ciertamente debo reconocer que cuando me dijeron Animador Sociocultural desconocí por completo las funciones del trabajo, me sonó como un tecnicismo de aquellos que leía en cualquier informe médico sobre mí tras acudir a una consulta.
Me consideré un privilegiado. Con 19 años tenía ante mí el reto de ofrecer a la gente de mi edad, incluso mayor que yo, actividades de ocio acordes a sus necesidades. Esa era primeramente mi labor; hablar con los jóvenes usuarios del Centro Juvenil para obtener información que luego tendría que mostrar en las reuniones de coordinación de Juventud. Me gustaba hacerme llamar “intermediario”, el que transmite información. De este modo, pasé las tardes de los primeros meses de trabajo hablando, jugando al billar, al ping-pong, a la Play Station, es decir, divirtiéndome con mis amigos y con quien quisiera divertirse con nosotros. Esa parecía ser la labor del Monitor que yo deducía de lo que se me exigía y de lo que debía hacer o argumentar haber hecho.
“El animador tiene que animar”, valga la redundancia, era una de las efusivas frases que mencionaban mis compañeros durante mis primeros días de trabajo, vivificar al presente asistente, en cualquier actividad, era el cometido en la teoría que me habían encargado. Verdaderamente, para mí, aquello de animar, a primera vista, me pareció demasiado simple, lo suficiente como para creer que cualquier persona podía realizar ese trabajo. Ese prejuicio mostraba ser cierto ante mis ojos, pero no mostraba la realidad. Yo no era una persona excesivamente prejuzgante, al contrario, me consideraba bastante relativista y comprensiva con los demás, facultades éstas que posiblemente fuesen positivas en esta profesión.
Con el transcurso del primer mes pude tener unas primeras nociones de cómo tratar, desde la formalidad de la Administración, a los que eran mis conocidos, a mis amigos, y a los que no lo eran. Empecé a trabajar sobre la imagen que debía trasladar desde el Ayuntamiento a los adolescentes, tenía que buscar la fórmula que encontrase un punto de equilibrio entre las demandas de los jóvenes y las ofertas de la Concejalía. No me gustaba hablar de jóvenes como colectivo porque los grupos suelen estar predefinidos y generalizan al individuo. Quizá esa generalización del comportamiento de los jóvenes me pareció, y me sigue pareciendo a día de hoy, un error de base en el planteamiento por parte de la Administración.
Primer contacto
Cuando dejas de ser un “pivito” más en la acción y te conviertes en el centro del meollo, la percepción de la actividad sufre una considerable metamorfosis. Esa modificación mental de la percepción de un mismo suceso requiere de un proceso de adaptación tanto para el animador como para el propio joven. Se trata de un periodo de convivencia en el cual animador y adolescente entablan un primer contacto para conocerse mutuamente. Esa primera impresión camina ligada a un prejuicio innato que nos hace verter valoraciones prematuras sobre el individuo, y que nos impiden, con casi toda seguridad, hacer una evaluación objetiva sobre cualquier individuo o proceso.
Para afrontar este primer contacto, prejuicios a parte, existen miles de fórmulas que pretenden hacer más mecánico este proceso. Yo, con un planteamiento un tanto relativista, planteo que cada circunstancia requiere de una acción concreta y las generalizaciones, como ya he mencionado, siempre conducen a la inexactitud. Hay manuales que preparan terapias de primer contacto con colectivos juveniles, pero no es objeto de este libro profundizar en ello, aquí hablaré de mi experiencia al establecer un primer encuentro con colectivos juveniles.
La experiencia me dice que con el paso de los días, el primer contacto sólo queda en eso, en un primer contacto. Generalmente este primer encuentro, si no es muy desastroso, no deriva en consecuencias importantes sobre el futuro. Así, en esta fase, yo no di especial importancia a mi comportamiento ni a las dinámicas que debía trabajar, no profundicé en lo que quería hacer ni en mi forma de hacerlo, no quería valoraciones subjetivas prematuras sobre mi gestión y sobre mi persona. Lo único que pretendí en mi primer contacto fue alejarlo de hechos desastrosos que condicionasen el camino a recorrer. Mi camino era un trabajo a largo plazo, y no proyectaba vaciar la cantimplora el primer día, tenía que custodiar el agua para todo el trayecto. A su vez, creando esta pequeña distancia relacional, podía generar un espacio de misterio. Brindaba poca información a los jóvenes y eran estos quienes tendrían que conseguir la restante información, era una especie de juego de investigación que los jóvenes desconocían y del cual eran partícipes.
El panorama que me encontré fue el de un grupo bastante poco involucrado y nada participativo, un grupo que apenas apreciaba cambios de monitores y que realmente hacían de su aportación al Centro una participación ciertamente informal y esporádica. No quiero decir con esto que todos los panoramas sean similares. Sabía que los monitores anteriores a mí entablaban en el primer contacto una relación excesivamente cercana que podía llegar a ser agobiante, brindando todo el trabajo por hacer en las 2 horas de duración del encuentro, mostrando el camino predeterminado a recorrer. Era (y es) un comportamiento excéntrico y extrovertido que llamaba, cuanto menos, la atención de los presentes. Ello generaba, para bien o para mal, expectativas en el colectivo juvenil que, bajo mi percepción, no solían provocar buenos resultados. Sé que la iniciativa es un principio fundamental para fomentar la participación pero, en este caso, quizá la iniciativa no conduciría más que al compromiso y a la responsabilidad, y ello no solía atraer a los jóvenes. Si iba a trabajar con jóvenes que no querían comprometerse, no debía hacerles cambiar de opinión y comprometerlos, debía ofrecerles actividades que no conllevasen compromiso. Aquí podríamos caer en un debate de compromiso y de funciones de un animador, pero ya profundizaré más adelante en ello.
Mi primer contacto con jóvenes en una Casa de Juventud fue algo frío, sin contacto excesivo y con conversaciones sencillas que más bien pretendían no caer mal ni generar ningún “desastre”. No quería ser el centro de la acción ni el tema de debate, quería ser uno más, ya que esa actitud egocéntrica de ser el centro de La Casa de Juventud no me parecía adecuada, aunque las circunstancias a veces lo establecían. Se podría considerar como una actitud moderada, que aunque no fuese cercana, si que prendía sobre todo escuchar. Para mi era más importante escuchar que proponer. Escuchaba las conversaciones de los jóvenes, hablaba, cuando el momento lo requería, con ellos… Si escuchaba y percibía cada sensación y cada comportamiento y no llamaba la atención, siempre que el momento no lo requería, sería un usuario más aunque, este planteamiento, tendría mis dificultades, que ya veremos más adelante como solucioné.
Me fije además que otros animadores hablaban de proyectos y de excursiones que se iban a hacer. Contrariamente yo escuchaba a los usuarios y así podía sacar conclusiones más precisas sobre que hacer y como hacerlo. Las dos formas de establecer un primer contacto a buen seguro serán eficaces en circunstancias determinadas, en mi circunstancia esa actitud me pareció la correcta.
En definitiva, en este primer contacto procuré ser uno más, un joven más (que lo era), no llamar la atención ni generar un prejuicio, eso me daría una base sólida para afrontar un futuro continuista y acertado.
Fase de adaptación
Si el primer contacto nos conduce a la interacción mutua, debemos ser concientes de la importancia de adaptar nuestras habilidades a nuestro entorno, a las circunstancias concretas de cada actividad.
Si la relación con los jóvenes requiere de un primer contacto, éste, irremediablemente, nos conduce a un espacio temporal en el cual tendremos que conocer y hacernos a la idea de cómo actúan éstos, es decir, un periodo de relación que sirva de vehículo para el conocimiento mutuo entre monitor y adolescente… Este periodo se conoce como fase de adaptación y puede durar días, semanas, meses, incluso años… Algunos dicen que en este periodo sólo debemos conocer, percibir, sería una especie de extensión de lo que para mí, era el primer contacto. Si muchos hacían de su primera toma de contacto una exposición de actividades, la fase de adaptación se convertía en un periodo de análisis largo y taciturno. No por la falta de excentricidad del monitor, no por la escasez de interacción, pero si por la falta de actividades. En el apartado anterior hablé del primer encuentro, en el cual era partidario de percibir… Pero eso sólo me valía el primer día, el segundo o, como mucho, el tercero. A partir de ahí ya debía Personalmente opino que la fase de adaptación nunca termina, es una cuesta interminable que parece tener fin, pero que cuanto más caminamos más nos damos cuenta de que es imposible llegar a lo más alto.
Digamos que mi experiencia con la juventud comenzó allá por 2005, cuando con 19 años recibí, tras haber confiado mi currículum por alguna de aquellas oficinas, una llamada de un Ayuntamiento cualquiera de España, mi país. Todo era nuevo, tan nuevo como el olor de un coche recién estrenado y yo, su novel conductor. Inseguro de mi mismo, con falta de convicción y voz temblorosa, apenas pude mostrar mis virtudes en una breve presentación con la que sería mi superiora. Ciertamente debo reconocer que cuando me dijeron Animador Sociocultural desconocí por completo las funciones del trabajo, me sonó como un tecnicismo de aquellos que leía en cualquier informe médico sobre mí tras acudir a una consulta.
Me consideré un privilegiado. Con 19 años tenía ante mí el reto de ofrecer a la gente de mi edad, incluso mayor que yo, actividades de ocio acordes a sus necesidades. Esa era primeramente mi labor; hablar con los jóvenes usuarios del Centro Juvenil para obtener información que luego tendría que mostrar en las reuniones de coordinación de Juventud. Me gustaba hacerme llamar “intermediario”, el que transmite información. De este modo, pasé las tardes de los primeros meses de trabajo hablando, jugando al billar, al ping-pong, a la Play Station, es decir, divirtiéndome con mis amigos y con quien quisiera divertirse con nosotros. Esa parecía ser la labor del Monitor que yo deducía de lo que se me exigía y de lo que debía hacer o argumentar haber hecho.
“El animador tiene que animar”, valga la redundancia, era una de las efusivas frases que mencionaban mis compañeros durante mis primeros días de trabajo, vivificar al presente asistente, en cualquier actividad, era el cometido en la teoría que me habían encargado. Verdaderamente, para mí, aquello de animar, a primera vista, me pareció demasiado simple, lo suficiente como para creer que cualquier persona podía realizar ese trabajo. Ese prejuicio mostraba ser cierto ante mis ojos, pero no mostraba la realidad. Yo no era una persona excesivamente prejuzgante, al contrario, me consideraba bastante relativista y comprensiva con los demás, facultades éstas que posiblemente fuesen positivas en esta profesión.
Con el transcurso del primer mes pude tener unas primeras nociones de cómo tratar, desde la formalidad de la Administración, a los que eran mis conocidos, a mis amigos, y a los que no lo eran. Empecé a trabajar sobre la imagen que debía trasladar desde el Ayuntamiento a los adolescentes, tenía que buscar la fórmula que encontrase un punto de equilibrio entre las demandas de los jóvenes y las ofertas de la Concejalía. No me gustaba hablar de jóvenes como colectivo porque los grupos suelen estar predefinidos y generalizan al individuo. Quizá esa generalización del comportamiento de los jóvenes me pareció, y me sigue pareciendo a día de hoy, un error de base en el planteamiento por parte de la Administración.
Primer contacto
Cuando dejas de ser un “pivito” más en la acción y te conviertes en el centro del meollo, la percepción de la actividad sufre una considerable metamorfosis. Esa modificación mental de la percepción de un mismo suceso requiere de un proceso de adaptación tanto para el animador como para el propio joven. Se trata de un periodo de convivencia en el cual animador y adolescente entablan un primer contacto para conocerse mutuamente. Esa primera impresión camina ligada a un prejuicio innato que nos hace verter valoraciones prematuras sobre el individuo, y que nos impiden, con casi toda seguridad, hacer una evaluación objetiva sobre cualquier individuo o proceso.
Para afrontar este primer contacto, prejuicios a parte, existen miles de fórmulas que pretenden hacer más mecánico este proceso. Yo, con un planteamiento un tanto relativista, planteo que cada circunstancia requiere de una acción concreta y las generalizaciones, como ya he mencionado, siempre conducen a la inexactitud. Hay manuales que preparan terapias de primer contacto con colectivos juveniles, pero no es objeto de este libro profundizar en ello, aquí hablaré de mi experiencia al establecer un primer encuentro con colectivos juveniles.
La experiencia me dice que con el paso de los días, el primer contacto sólo queda en eso, en un primer contacto. Generalmente este primer encuentro, si no es muy desastroso, no deriva en consecuencias importantes sobre el futuro. Así, en esta fase, yo no di especial importancia a mi comportamiento ni a las dinámicas que debía trabajar, no profundicé en lo que quería hacer ni en mi forma de hacerlo, no quería valoraciones subjetivas prematuras sobre mi gestión y sobre mi persona. Lo único que pretendí en mi primer contacto fue alejarlo de hechos desastrosos que condicionasen el camino a recorrer. Mi camino era un trabajo a largo plazo, y no proyectaba vaciar la cantimplora el primer día, tenía que custodiar el agua para todo el trayecto. A su vez, creando esta pequeña distancia relacional, podía generar un espacio de misterio. Brindaba poca información a los jóvenes y eran estos quienes tendrían que conseguir la restante información, era una especie de juego de investigación que los jóvenes desconocían y del cual eran partícipes.
El panorama que me encontré fue el de un grupo bastante poco involucrado y nada participativo, un grupo que apenas apreciaba cambios de monitores y que realmente hacían de su aportación al Centro una participación ciertamente informal y esporádica. No quiero decir con esto que todos los panoramas sean similares. Sabía que los monitores anteriores a mí entablaban en el primer contacto una relación excesivamente cercana que podía llegar a ser agobiante, brindando todo el trabajo por hacer en las 2 horas de duración del encuentro, mostrando el camino predeterminado a recorrer. Era (y es) un comportamiento excéntrico y extrovertido que llamaba, cuanto menos, la atención de los presentes. Ello generaba, para bien o para mal, expectativas en el colectivo juvenil que, bajo mi percepción, no solían provocar buenos resultados. Sé que la iniciativa es un principio fundamental para fomentar la participación pero, en este caso, quizá la iniciativa no conduciría más que al compromiso y a la responsabilidad, y ello no solía atraer a los jóvenes. Si iba a trabajar con jóvenes que no querían comprometerse, no debía hacerles cambiar de opinión y comprometerlos, debía ofrecerles actividades que no conllevasen compromiso. Aquí podríamos caer en un debate de compromiso y de funciones de un animador, pero ya profundizaré más adelante en ello.
Mi primer contacto con jóvenes en una Casa de Juventud fue algo frío, sin contacto excesivo y con conversaciones sencillas que más bien pretendían no caer mal ni generar ningún “desastre”. No quería ser el centro de la acción ni el tema de debate, quería ser uno más, ya que esa actitud egocéntrica de ser el centro de La Casa de Juventud no me parecía adecuada, aunque las circunstancias a veces lo establecían. Se podría considerar como una actitud moderada, que aunque no fuese cercana, si que prendía sobre todo escuchar. Para mi era más importante escuchar que proponer. Escuchaba las conversaciones de los jóvenes, hablaba, cuando el momento lo requería, con ellos… Si escuchaba y percibía cada sensación y cada comportamiento y no llamaba la atención, siempre que el momento no lo requería, sería un usuario más aunque, este planteamiento, tendría mis dificultades, que ya veremos más adelante como solucioné.
Me fije además que otros animadores hablaban de proyectos y de excursiones que se iban a hacer. Contrariamente yo escuchaba a los usuarios y así podía sacar conclusiones más precisas sobre que hacer y como hacerlo. Las dos formas de establecer un primer contacto a buen seguro serán eficaces en circunstancias determinadas, en mi circunstancia esa actitud me pareció la correcta.
En definitiva, en este primer contacto procuré ser uno más, un joven más (que lo era), no llamar la atención ni generar un prejuicio, eso me daría una base sólida para afrontar un futuro continuista y acertado.
Fase de adaptación
Si el primer contacto nos conduce a la interacción mutua, debemos ser concientes de la importancia de adaptar nuestras habilidades a nuestro entorno, a las circunstancias concretas de cada actividad.
Si la relación con los jóvenes requiere de un primer contacto, éste, irremediablemente, nos conduce a un espacio temporal en el cual tendremos que conocer y hacernos a la idea de cómo actúan éstos, es decir, un periodo de relación que sirva de vehículo para el conocimiento mutuo entre monitor y adolescente… Este periodo se conoce como fase de adaptación y puede durar días, semanas, meses, incluso años… Algunos dicen que en este periodo sólo debemos conocer, percibir, sería una especie de extensión de lo que para mí, era el primer contacto. Si muchos hacían de su primera toma de contacto una exposición de actividades, la fase de adaptación se convertía en un periodo de análisis largo y taciturno. No por la falta de excentricidad del monitor, no por la escasez de interacción, pero si por la falta de actividades. En el apartado anterior hablé del primer encuentro, en el cual era partidario de percibir… Pero eso sólo me valía el primer día, el segundo o, como mucho, el tercero. A partir de ahí ya debía Personalmente opino que la fase de adaptación nunca termina, es una cuesta interminable que parece tener fin, pero que cuanto más caminamos más nos damos cuenta de que es imposible llegar a lo más alto.
viernes, 24 de abril de 2009
Relación cultural es... Interculturalidad
Esta semana he tenido el placer de impartir una charla sobre interculturalidad con mi buen amigo Ariam. A lo largo de la jornada más de 120 jóvenes pasaron por las inmediaciones del aula de proyeccíones del IES San Miguel, donde mostramos nuestros conocimientos relacionados con la materia.
Las sensaciones con las que preparaba la charla no han distado en exceso de lo acontecido, más he visto interes por parte de los jóvenes. (continuará)
Las sensaciones con las que preparaba la charla no han distado en exceso de lo acontecido, más he visto interes por parte de los jóvenes. (continuará)
Etiquetas:
Interculturalidad
miércoles, 22 de abril de 2009
Dios ha muerto
Dios ha muerto, dijo Nietzsche enterrando al error del nihilismo que había apresado a nuestra Europa desde que Platón creó tal mentira. Y es que antes que la Iglesia, fue Platón quien habló de otro mundo, el mundo de las ideas más concretamente. Ese mundo del que venimos y al que vamos, ese mundo donde existe lo permanente, lo auténtico, donde la esencia se muestra y todas nuestras preguntas obtienen verdaderas respuestas. Luego la Iglesia adaptó ciertos conceptos pero engrandeció hasta niveles surrealistas tal idea redefiniendo la idea del bien de Platón a un término que seguro que te suena más: Dios. Hubo quien definió a Dios como lo perfecto, aquellas cualidades humanas como la bondad o la compresión se elevaron hacia el infinito y obtuvimos un ser todopoderoso. Él regiría nuestras vidas dotándonos de una reencarnación en alma tras la muerte, esa será nuestra salvación si actuamos como sus libros indican. A su vez, nos dieron manuales (Biblias, Coranes…) que mostraban como debíamos actuar para alcanzar “el otro mundo” o “el paraíso”.
Gracias, principalmente a los romanos, la religión en Europa creció rápidamente y se impuso el catolicismo como religión principal durante 21 siglos. Este periodo histórico es lo que Nietzsche llamó nihilismo. La primera consecuencia que se deriva de la difusión de este tipo de religiones, que creen en la reencarnación y existencia de dos mundos, es bastante sencilla; se resta importancia a este mundo, lo dejan en un segundo plano convirtiendo nuestras vidas en un vehiculo hacia lo divino, hacia la felicidad eterna. Así malvivimos y no aprovechamos la única oportunidad que tenemos para ser felices; nuestra única vida. Con este pensamiento religioso se contiene, mediante el temor a ser excluido del “paraíso”, a la sociedad… Pero querido lector, puedes estar tranquilo, Dios ha muerto y como afirma el propio Nietzsche, este profundo sueño en el que nos sumergió la religión irá despertando porque forma parte de nuestra naturaleza enfrentarnos a la razón. Es nuestra ética y nuestra moral la que matará a Dios.
Gracias, principalmente a los romanos, la religión en Europa creció rápidamente y se impuso el catolicismo como religión principal durante 21 siglos. Este periodo histórico es lo que Nietzsche llamó nihilismo. La primera consecuencia que se deriva de la difusión de este tipo de religiones, que creen en la reencarnación y existencia de dos mundos, es bastante sencilla; se resta importancia a este mundo, lo dejan en un segundo plano convirtiendo nuestras vidas en un vehiculo hacia lo divino, hacia la felicidad eterna. Así malvivimos y no aprovechamos la única oportunidad que tenemos para ser felices; nuestra única vida. Con este pensamiento religioso se contiene, mediante el temor a ser excluido del “paraíso”, a la sociedad… Pero querido lector, puedes estar tranquilo, Dios ha muerto y como afirma el propio Nietzsche, este profundo sueño en el que nos sumergió la religión irá despertando porque forma parte de nuestra naturaleza enfrentarnos a la razón. Es nuestra ética y nuestra moral la que matará a Dios.
lunes, 20 de abril de 2009
Kant. El sistema
Estado Naturaleza.
El Estado Naturaleza confiere a aquella distribución social implantada en grupos de personas previa a la configuración del Estado Civil como lo conocemos. Tal y como plantearon Hobbes, Locke, Rousseau o Kant, existen diversas vertientes y teorías acerca de cómo actuaba el individuo en el Estado Naturaleza. Si bien Hobbes y Kant nos plantean que en ese tipo de Estado premiaba la agresividad o la maldad intrínseca de la naturaleza humana, Locke o Rousseau se muestran contrarios defendiendo la bondad y la verdadera libertad existente del individuo anteriormente a la creación del Estado. De este modo, nos encontramos ante dos teorías totalmente opuestas en las cuales se afrontan temas como la verdadera naturaleza humana o su sociabilidad, y su carácter de ser social.
Si bien, he analizado ambas posibilidades y, debo reconocer que el posicionamiento de Kant parece el más acertado puesto que plantea que en el Estado Naturaleza existe un caos donde prevalece el “todos contra todos” y “la ley del más fuerte”. En un mundo donde no existiese el Estado Civil, la fuerza física y las ansias de poder reinarían, siendo la abolición de derechos un acto palpable ya que los más fuertes reprimirían a los más débiles para aumentar su valor, sabiendo que el ser humano es ambicioso por naturaleza. Además, y lo peor de todo, no se garantizaría la libertad del individuo ni de sus derechos, puesto que ningún órgano “justo” podría reprimir actos vandálicos tales como asesinatos, secuestros, robos… Así, podemos llegar a la conclusión de que el objeto máximo del Estado Civil es el de reprimir nuestra naturaleza, de controlar nuestras actitudes más “animales” para desarrollar nuestra única capacidad diferenciadora; la racionalidad. Consecuentemente, el Estado Civil pondrá en funcionamiento herramientas que actuarán en consecuencias a los comportamientos que vayan en contra de lo que se instituye como leyes o derechos establecidos como necesarios. Estas herramientas garantizarían principalmente nuestra libertad (salvo en el caso del absolutismo) sin que ésta afecte a la de los demás, afectará también a la igualdad de todos los agentes o a la paz y la fraternidad entre otros tantos.
Precisamente el contrato social surgió como una necesidad real y moral, como un avance de la especie a sabiendas de que con la interrelación de individuos humanos sé desarrollará de manera más veloz y más eficiente nuestra especie conociendo que, como decía Aristóteles, somos seres sociales. Y como seres sociales hemos creado un sistema social para convivir en paz, para coexistir apaciblemente creando un instrumento que garantice una convivencia armónica. Desde la ética, y bajo mi punto de vista, esa sería la definición de contrato social. En este punto somos concientes de que el Estado Civil surge como una necesidad ética y política: ética porque somos seres sociales y tenemos la necesidad natural de relacionarnos con otras personas de la mejor manera posible, y política debido a que necesitamos garantizar unos derechos tales como la propiedad privada, la libertad, la igualdad, las fronteras internacionales, etc. mediante una organización racional, lo que conlleva a la creación de un sistema político ejecutor de tales necesidades.
Hemos hablado de Sistema Civil como sistema de represión, pero no como sistema de represión de nuestros derechos, sino de nuestra naturaleza más agresiva. Nuestros instintos más animales no tendrían cabida en una sociedad de millones de habitantes que se relacionan entre si, o más desplazado hacia nuestros tiempos, esta naturaleza primitiva no tendría cabida en una sociedad globalizada, es más, sin Estado Civil, no podría existir ni el desarrollo ni la sociedad globalizada como la conocemos. Esto desemboca en una nueva idea, en la cual el progreso solo es posible con la creación de un Estado Civil, donde éste reprime nuestros impulsos más feroces pero además garantiza nuestro bienestar (o por lo menos debería). Pero, ¿es necesario el progreso? o sencillamente ¿qué es el progreso? ¿Forma parte de nuestra naturaleza progresar?
Yo definiría al progreso, en el contexto que nos toca, como aquel crecimiento de una u otra forma de la calidad de vida de una persona dentro de una sociedad a lo largo de la historia. La maximización de la calidad de vida de una sociedad supone progresar, supone vivir mejor y disfrutar más de nuestra libertad, de nuestros derechos, de la igualdad… Debemos plantearnos que en un Estado Natural este tipo de progreso no tendría cabida puesto que sin normas de convivencias, sin organización social o simplemente sin represión de instintos animales, la calidad de vida y su progreso quedaría en “stop”. Habrá quien ahora plantee que el progreso no forma parte de nuestra naturaleza, o como Locke, quien plantea el Estado Natural como el que debe implantarse en las sociedades, teoría a la que soy completamente contrario pues no ofrece garantía de libertad ni de derechos. La cualidad que nos diferencia de los demás seres vivos es la razón, lo cual naturalmente nos hace diferentes, nos hace incomparables con los animales. Los humanos hemos aprovechado nuestra cualidad para desarrollarnos por el mero hecho de que es necesario, por nuestra naturaleza de ser sociable y por la necesidad imperiosa de aumentar nuestra calidad de vida, es decir, para vivir mejor.
Hacia la paz perpetua.
Kant defiende la necesidad de la guerra entre los individuos para el progreso de la Cultura y la guerra entre Estados con el objeto de alcanzar la paz perpetua. Este planteamiento, que hace depender la paz y el progreso de la guerra, es muy discutible. Una objeción evidente, por ejemplo, podría ser la posibilidad de una guerra nuclear que no dejaría opción sino a una paz de cementerio. Y es que, contra lo que defiende el propio Kant, la guerra no debe ser un instrumento válido para garantizar la paz, pues lo que se consigue mediante la violencia sólo con violencia se podría mantener.
De manera empírica, en la historia de la humanidad, se refleja que las guerras sólo sirven para desestabilizar y sembrar odio. Si bien no existen guerras buenas o necesarias, existen, bajo mi punto de vista, guerras evitables. Eso atiende a que cualquier conflicto resuelto por armas, bien sean Guerras Civiles, Revoluciones, Guerras entre Naciones… podrían resolverse con la predisposición de ambas partes a “negociar”. Esa es la palabra que en este contexto sería antónimo de “guerrear”, pues con sentido común y dialogo la guerra siempre puede reducirse a un debate oral donde los argumentos pueden ser mas poderosos que las armas.
En “Hacia la paz perpetua” Kant propone afirmaciones como las que se presentan a continuación:
“No debe ser válido como tal tratado de paz ninguno que se haya celebrado con la reserva secreta de algún motivo de guerra futura”.
Es evidente que un tratado en el cual se justifiquen o se posibiliten guerras futuras no ofrecerá ningún atisbo de garantía para caminar “Hacia la paz perpetua”. Esto, en nuestro contexto, se podría transpolar a los tratados de tregua entre gobierno y E.T.A. Estos tratados no garantizan una paz futura, por lo que son contrarios a los planteamientos de Kant. Bajo mi punto de vista, esta claro que cualquier Tratado de Paz debe garantizar la paz futura, siendo de carácter público para el conocimiento de la nación, mostrando la garantía de fraternidad entre los pueblos.
“Con el tiempo los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente”.
Hoy día la situación es justamente la contraria: las naciones, con EEUU a la cabeza, aspiran a armarse cada vez más, y especialmente con el arma definitiva, el arma nuclear. Aunque disminuya el número de soldados al profesionalizarse los ejércitos el avance tecnológico convierte a los ejércitos en una amenaza permanente no sólo para la paz sino también para la supervivencia de la humanidad.
“Ningún estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y en el gobierno de otro”.
Un ejemplo claro de violación contraria a esta idea puede ser la Guerra entre Estados Unidos e Irak, donde los norteamericanos creen tener el derecho moral de arreglar los asuntos internos del pueblo irakí. En este caso, me parece acertado pensar que cada pueblo debe configurar su propio destino sin que exista la intervención exterior, pues esta siempre se producirá en función a intereses de diversa índole y no proporcionará un desarrollo medido a lo que necesite el pueblo.
“No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior”.
Esto es lo que está ocurriendo por ejemplo en Estados Unidos, donde los asuntos de exterior como la Guerra de Irak condicionan temas de interior como sanidad o educación. Este planteamiento kantiano es bastante inteligente pues antepone la inversión en asuntos interiores antes que en asuntos exteriores, lo que denota un gesto de secundarización con respecto a las relaciones internacionales.
A modo de síntesis sobre lo escrito con anterioridad, quiero manifestar mi posicionamiento en contra de cualquier justificación sobre las guerras, pues no son aval preciso para consolidar la paz de un Estado. Lo que la violencia consigue, sólo es mantenido con violencia y tal y como manifiesta Kant, debemos caminar hacia la paz perpetua. ¿Cómo? La razón debe manifestarse incompatible con la guerra, la razón debe embarcar argumentos sólidos encarceladores de toda conducta violenta. Asimismo, parece complicado alcanzar tal perpetuidad pues las naciones siguen investigando con armas nucleares, siendo el sector militar uno de los mayores mercados económicos mundiales al respecto. En un sistema de “beneficios”, los reportados por la industria militar son premisas más que suficientes para utopizar con una posible abolición de armas a nivel mundial.
Igualmente, y con los avances que nuestras sociedades parecían haber sufrido durante el siglo XX, hemos sido testigos pasivos en los últimos años de guerras “contra el terrorismo”, ofreciendo dicha afirmación una contradicción total y absoluta. El terrorismo comparte violencia, la guerra en contra del terrorismo magnificará la violencia. Efectivamente, se “vende” una guerra a favor de la paz, lo cual muestra que pese a tales avances la humanidad seguirá pecando de “justa” con intervenciones militares, con intervenciones internacionales que se alargan en el tiempo sin soluciones pacifistas reales.
El sistema ideal: La República.
Kant considera que el sistema político apropiado para alcanzar la paz es la constitución republicana porque implica libertad, igualdad, ciudadanía, representatividad y separación de poderes. La propuesta de Kant es muy semejante a nuestras modernas democracias occidentales y es, sin duda alguna, una afirmación muy coherente.
Sería común pensar que mientras el pueblo decida, las guerras tomarán un segundo plano en la vida política y en las relaciones internacionales, pues éste es el máximo perjudicado en caso de producirse tales conflictos. Los intereses materialistas de los ciudadanos son un buen motivo para garantizar la paz. Por ende, República y Paz caminarían de la mano pues los intereses del pueblo prevalecerían. Eso convierte a los políticos en meros intérpretes de los intereses del pueblo, así sus decisiones deben de ser la traslación de la opinión general, que por consiguiente será una opinión fraterna. Contrariamente, se puede dar el caso de una desvirtuación de los intereses del pueblo a favor de los intereses políticos, donde los gobernantes tomasen decisiones personales sin tomar en cuenta el dictamen del pueblo, hecho que se produjo en España con la Guerra de Irak donde Aznar envió tropas sin el consentimiento social. En este caso, se tornaría más preciso una democracia asamblearía como proponía Rousseau, aunque inviable desde el punto de vista temporal, económico... es decir, sería una utopía. También sería fantasioso pensar que el pueblo siempre responde con conductas fraternas y amistosas, como en el caso de Alemania de principios de siglo, donde el nazismo se tomó como una conducta social ultraconservadora y racista. Así, la República no se destapa como una fórmula exacta y precisa para la implantación de la paz, pero si que puede ser una herramienta válida para garantizar libertad, igualdad, ciudadanía o representatividad.
Kant insiste en la imposibilidad de la desobediencia civil en la constitución republicana. El problema evidente que plantea este modo de ver las cosas es que impide que el pueblo imponga su criterio frente a posibles injusticias de los representantes o de las leyes. El verdadero reto que implica una República es el establecimiento de unas leyes justas, una constitución adecuada, que garantice la auténtica libertad del pueblo. Con la capacidad de decisión del pueblo en la elección de sus gobernantes mediante sufragio universal se garantizaría la mayor libertad posible en un Estado de convivencia social, que ya es bastante. La República es un sistema que se acerca al sistema por excelencia pero que, como todo sistema, ofrece “vacíos” imposibles de rellenar.
Otro error destacable del sistema de representación reside en la manipulación que desde los propios gobernantes se puede hacer sobre el pueblo. Más concretamente, este rol lo han tomado los medios de comunicación, quienes funcionan como intérpretes de intereses políticos y no de meros trasladadores de información sobre la realidad del sistema y de la sociedad.
El Estado Naturaleza confiere a aquella distribución social implantada en grupos de personas previa a la configuración del Estado Civil como lo conocemos. Tal y como plantearon Hobbes, Locke, Rousseau o Kant, existen diversas vertientes y teorías acerca de cómo actuaba el individuo en el Estado Naturaleza. Si bien Hobbes y Kant nos plantean que en ese tipo de Estado premiaba la agresividad o la maldad intrínseca de la naturaleza humana, Locke o Rousseau se muestran contrarios defendiendo la bondad y la verdadera libertad existente del individuo anteriormente a la creación del Estado. De este modo, nos encontramos ante dos teorías totalmente opuestas en las cuales se afrontan temas como la verdadera naturaleza humana o su sociabilidad, y su carácter de ser social.
Si bien, he analizado ambas posibilidades y, debo reconocer que el posicionamiento de Kant parece el más acertado puesto que plantea que en el Estado Naturaleza existe un caos donde prevalece el “todos contra todos” y “la ley del más fuerte”. En un mundo donde no existiese el Estado Civil, la fuerza física y las ansias de poder reinarían, siendo la abolición de derechos un acto palpable ya que los más fuertes reprimirían a los más débiles para aumentar su valor, sabiendo que el ser humano es ambicioso por naturaleza. Además, y lo peor de todo, no se garantizaría la libertad del individuo ni de sus derechos, puesto que ningún órgano “justo” podría reprimir actos vandálicos tales como asesinatos, secuestros, robos… Así, podemos llegar a la conclusión de que el objeto máximo del Estado Civil es el de reprimir nuestra naturaleza, de controlar nuestras actitudes más “animales” para desarrollar nuestra única capacidad diferenciadora; la racionalidad. Consecuentemente, el Estado Civil pondrá en funcionamiento herramientas que actuarán en consecuencias a los comportamientos que vayan en contra de lo que se instituye como leyes o derechos establecidos como necesarios. Estas herramientas garantizarían principalmente nuestra libertad (salvo en el caso del absolutismo) sin que ésta afecte a la de los demás, afectará también a la igualdad de todos los agentes o a la paz y la fraternidad entre otros tantos.
Precisamente el contrato social surgió como una necesidad real y moral, como un avance de la especie a sabiendas de que con la interrelación de individuos humanos sé desarrollará de manera más veloz y más eficiente nuestra especie conociendo que, como decía Aristóteles, somos seres sociales. Y como seres sociales hemos creado un sistema social para convivir en paz, para coexistir apaciblemente creando un instrumento que garantice una convivencia armónica. Desde la ética, y bajo mi punto de vista, esa sería la definición de contrato social. En este punto somos concientes de que el Estado Civil surge como una necesidad ética y política: ética porque somos seres sociales y tenemos la necesidad natural de relacionarnos con otras personas de la mejor manera posible, y política debido a que necesitamos garantizar unos derechos tales como la propiedad privada, la libertad, la igualdad, las fronteras internacionales, etc. mediante una organización racional, lo que conlleva a la creación de un sistema político ejecutor de tales necesidades.
Hemos hablado de Sistema Civil como sistema de represión, pero no como sistema de represión de nuestros derechos, sino de nuestra naturaleza más agresiva. Nuestros instintos más animales no tendrían cabida en una sociedad de millones de habitantes que se relacionan entre si, o más desplazado hacia nuestros tiempos, esta naturaleza primitiva no tendría cabida en una sociedad globalizada, es más, sin Estado Civil, no podría existir ni el desarrollo ni la sociedad globalizada como la conocemos. Esto desemboca en una nueva idea, en la cual el progreso solo es posible con la creación de un Estado Civil, donde éste reprime nuestros impulsos más feroces pero además garantiza nuestro bienestar (o por lo menos debería). Pero, ¿es necesario el progreso? o sencillamente ¿qué es el progreso? ¿Forma parte de nuestra naturaleza progresar?
Yo definiría al progreso, en el contexto que nos toca, como aquel crecimiento de una u otra forma de la calidad de vida de una persona dentro de una sociedad a lo largo de la historia. La maximización de la calidad de vida de una sociedad supone progresar, supone vivir mejor y disfrutar más de nuestra libertad, de nuestros derechos, de la igualdad… Debemos plantearnos que en un Estado Natural este tipo de progreso no tendría cabida puesto que sin normas de convivencias, sin organización social o simplemente sin represión de instintos animales, la calidad de vida y su progreso quedaría en “stop”. Habrá quien ahora plantee que el progreso no forma parte de nuestra naturaleza, o como Locke, quien plantea el Estado Natural como el que debe implantarse en las sociedades, teoría a la que soy completamente contrario pues no ofrece garantía de libertad ni de derechos. La cualidad que nos diferencia de los demás seres vivos es la razón, lo cual naturalmente nos hace diferentes, nos hace incomparables con los animales. Los humanos hemos aprovechado nuestra cualidad para desarrollarnos por el mero hecho de que es necesario, por nuestra naturaleza de ser sociable y por la necesidad imperiosa de aumentar nuestra calidad de vida, es decir, para vivir mejor.
Hacia la paz perpetua.
Kant defiende la necesidad de la guerra entre los individuos para el progreso de la Cultura y la guerra entre Estados con el objeto de alcanzar la paz perpetua. Este planteamiento, que hace depender la paz y el progreso de la guerra, es muy discutible. Una objeción evidente, por ejemplo, podría ser la posibilidad de una guerra nuclear que no dejaría opción sino a una paz de cementerio. Y es que, contra lo que defiende el propio Kant, la guerra no debe ser un instrumento válido para garantizar la paz, pues lo que se consigue mediante la violencia sólo con violencia se podría mantener.
De manera empírica, en la historia de la humanidad, se refleja que las guerras sólo sirven para desestabilizar y sembrar odio. Si bien no existen guerras buenas o necesarias, existen, bajo mi punto de vista, guerras evitables. Eso atiende a que cualquier conflicto resuelto por armas, bien sean Guerras Civiles, Revoluciones, Guerras entre Naciones… podrían resolverse con la predisposición de ambas partes a “negociar”. Esa es la palabra que en este contexto sería antónimo de “guerrear”, pues con sentido común y dialogo la guerra siempre puede reducirse a un debate oral donde los argumentos pueden ser mas poderosos que las armas.
En “Hacia la paz perpetua” Kant propone afirmaciones como las que se presentan a continuación:
“No debe ser válido como tal tratado de paz ninguno que se haya celebrado con la reserva secreta de algún motivo de guerra futura”.
Es evidente que un tratado en el cual se justifiquen o se posibiliten guerras futuras no ofrecerá ningún atisbo de garantía para caminar “Hacia la paz perpetua”. Esto, en nuestro contexto, se podría transpolar a los tratados de tregua entre gobierno y E.T.A. Estos tratados no garantizan una paz futura, por lo que son contrarios a los planteamientos de Kant. Bajo mi punto de vista, esta claro que cualquier Tratado de Paz debe garantizar la paz futura, siendo de carácter público para el conocimiento de la nación, mostrando la garantía de fraternidad entre los pueblos.
“Con el tiempo los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente”.
Hoy día la situación es justamente la contraria: las naciones, con EEUU a la cabeza, aspiran a armarse cada vez más, y especialmente con el arma definitiva, el arma nuclear. Aunque disminuya el número de soldados al profesionalizarse los ejércitos el avance tecnológico convierte a los ejércitos en una amenaza permanente no sólo para la paz sino también para la supervivencia de la humanidad.
“Ningún estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y en el gobierno de otro”.
Un ejemplo claro de violación contraria a esta idea puede ser la Guerra entre Estados Unidos e Irak, donde los norteamericanos creen tener el derecho moral de arreglar los asuntos internos del pueblo irakí. En este caso, me parece acertado pensar que cada pueblo debe configurar su propio destino sin que exista la intervención exterior, pues esta siempre se producirá en función a intereses de diversa índole y no proporcionará un desarrollo medido a lo que necesite el pueblo.
“No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior”.
Esto es lo que está ocurriendo por ejemplo en Estados Unidos, donde los asuntos de exterior como la Guerra de Irak condicionan temas de interior como sanidad o educación. Este planteamiento kantiano es bastante inteligente pues antepone la inversión en asuntos interiores antes que en asuntos exteriores, lo que denota un gesto de secundarización con respecto a las relaciones internacionales.
A modo de síntesis sobre lo escrito con anterioridad, quiero manifestar mi posicionamiento en contra de cualquier justificación sobre las guerras, pues no son aval preciso para consolidar la paz de un Estado. Lo que la violencia consigue, sólo es mantenido con violencia y tal y como manifiesta Kant, debemos caminar hacia la paz perpetua. ¿Cómo? La razón debe manifestarse incompatible con la guerra, la razón debe embarcar argumentos sólidos encarceladores de toda conducta violenta. Asimismo, parece complicado alcanzar tal perpetuidad pues las naciones siguen investigando con armas nucleares, siendo el sector militar uno de los mayores mercados económicos mundiales al respecto. En un sistema de “beneficios”, los reportados por la industria militar son premisas más que suficientes para utopizar con una posible abolición de armas a nivel mundial.
Igualmente, y con los avances que nuestras sociedades parecían haber sufrido durante el siglo XX, hemos sido testigos pasivos en los últimos años de guerras “contra el terrorismo”, ofreciendo dicha afirmación una contradicción total y absoluta. El terrorismo comparte violencia, la guerra en contra del terrorismo magnificará la violencia. Efectivamente, se “vende” una guerra a favor de la paz, lo cual muestra que pese a tales avances la humanidad seguirá pecando de “justa” con intervenciones militares, con intervenciones internacionales que se alargan en el tiempo sin soluciones pacifistas reales.
El sistema ideal: La República.
Kant considera que el sistema político apropiado para alcanzar la paz es la constitución republicana porque implica libertad, igualdad, ciudadanía, representatividad y separación de poderes. La propuesta de Kant es muy semejante a nuestras modernas democracias occidentales y es, sin duda alguna, una afirmación muy coherente.
Sería común pensar que mientras el pueblo decida, las guerras tomarán un segundo plano en la vida política y en las relaciones internacionales, pues éste es el máximo perjudicado en caso de producirse tales conflictos. Los intereses materialistas de los ciudadanos son un buen motivo para garantizar la paz. Por ende, República y Paz caminarían de la mano pues los intereses del pueblo prevalecerían. Eso convierte a los políticos en meros intérpretes de los intereses del pueblo, así sus decisiones deben de ser la traslación de la opinión general, que por consiguiente será una opinión fraterna. Contrariamente, se puede dar el caso de una desvirtuación de los intereses del pueblo a favor de los intereses políticos, donde los gobernantes tomasen decisiones personales sin tomar en cuenta el dictamen del pueblo, hecho que se produjo en España con la Guerra de Irak donde Aznar envió tropas sin el consentimiento social. En este caso, se tornaría más preciso una democracia asamblearía como proponía Rousseau, aunque inviable desde el punto de vista temporal, económico... es decir, sería una utopía. También sería fantasioso pensar que el pueblo siempre responde con conductas fraternas y amistosas, como en el caso de Alemania de principios de siglo, donde el nazismo se tomó como una conducta social ultraconservadora y racista. Así, la República no se destapa como una fórmula exacta y precisa para la implantación de la paz, pero si que puede ser una herramienta válida para garantizar libertad, igualdad, ciudadanía o representatividad.
Kant insiste en la imposibilidad de la desobediencia civil en la constitución republicana. El problema evidente que plantea este modo de ver las cosas es que impide que el pueblo imponga su criterio frente a posibles injusticias de los representantes o de las leyes. El verdadero reto que implica una República es el establecimiento de unas leyes justas, una constitución adecuada, que garantice la auténtica libertad del pueblo. Con la capacidad de decisión del pueblo en la elección de sus gobernantes mediante sufragio universal se garantizaría la mayor libertad posible en un Estado de convivencia social, que ya es bastante. La República es un sistema que se acerca al sistema por excelencia pero que, como todo sistema, ofrece “vacíos” imposibles de rellenar.
Otro error destacable del sistema de representación reside en la manipulación que desde los propios gobernantes se puede hacer sobre el pueblo. Más concretamente, este rol lo han tomado los medios de comunicación, quienes funcionan como intérpretes de intereses políticos y no de meros trasladadores de información sobre la realidad del sistema y de la sociedad.
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sábado, 18 de abril de 2009
Amornivoro
Tengo un corazón que es como una flor, él sabe que puede querer y con su querer mover montañas, puede crecer haciéndote creer, sonreír, volar... Él puede amar, demostrarte que se puede trazar un lienzo con caricias forjadas por sentimientos verdaderos a la luz de cada noche. Mi corazón podría amar a mujeres malvadas, podría llorar por aquellas que no se lo merecen, pero mi corazón no pone barreras y si se enamora vuela en el amor. Mi corazón es un reloj, y al ruido del tic-tac marca el tiempo que desea regalar, no pondrá peros a cada segundo por excesos que parezcan. A veces arde y se deja llevar por un río que fluye y que muestra aguas placenteras, pero también se equivoca… Mi corazón ama pero puede ser cenizas si con malvad se ataca… Mi corazón quiere tanto que si le pides que no te quiera, de tanto que te quiere, no te querrá.
Alexander García Hernández
Alexander García Hernández
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miércoles, 15 de abril de 2009
La dependencia
La dependencia de la economía española que se pretende crear entorno a la Administración Pública sobre las mercantiles nacionales parece ser una decisión peligrosa a largo plazo. Incentivando esta dependencia con medidas contrarias al neoliberalismo económico, es decir con el intervencionismo en sectores tales como el bancario o el de la construcción, lo único que se obtiene es el fomento de un sistema paternalista que responde siempre ante los desajustes económicos con medidas precipitadas y correctoras; antiliberales. En este caso, habrá quien opine que durante este periodo de crisis el Estado debe actuar e intervenir para salvar tal periodo recesivo suavizando y frenando la crisis de tipo "L" que parecemos padecer. La pregunta que quiero hacer y responder, antes de indagar en otros asuntos, es ¿este intervencionismo es necesario? ¿puede el Estado modificar y corregir un error que él mismo habría creado?.
Desde mi punto de vista, la solución a la crisis pasa por la reestructuración interna de cada una de las empresas que se han visto afectadas por esta recesión, pues ellas han generado una dependencia con el entorno o bien financiero o bien productivo amparándose a rápidos y "viciosos" crecimientos económicos, con escasos planes de desarrollo. El Estado no puede intervenir directamente en el realzamiento en valor capital de cada una de las empresas por muchas medidas "indirectas" que adopte, es decir, no depende del Estado salir de esta crisis debido, principalmente, a que sus medidas incrementarán un nivel de dependencia haciendo que empresas que "han crecido mal" continúen subsistiendo injustamente debido a estas ayudas. Asimismo estas medidas sólo atenderán o bien a datos cuantitativos y generalizarán las distintas realidades, y es que cada sector es una realidad, si bien el consumo de bares de "comida rápida" han aumentado su valor con esta crisis, se denota la independencia de este sector con respecto al sistema bancario. Cuanta mayor dependencia de la economía en el Estado mayor será la probabilidad de que empresarios avariciosos, irresponsables o nefasto continúen agravando con planes inviables situaciones como con la que nos hemos topado.
Soy conciente de que el sistema paternalista no ha sido el único causante de esta circunstancia, pero he de reconocer que es un factor que parece diluirse para economistas, que buscan soluciones a una burbuja, desde luego, bastante paupérrima. Así, y extrapolando mis palabras a términos más sociales, la ley del más fuerte en economía debería ser una ley aplicable. Con empresas fuertes e independientes nuestro sistema no acusaría tanto estos terribles tiempos que corren y lo que es peor, que deberemos seguir sufriendo.
Se tomarán medidas, algunas más acertadas y otras totalmente desvirtuadas de la realidad que sufren las Pymes. Claro está que se necesitan correcciones gubernamentales (como la abolición del impuesto sobre trasmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados para abaratar los precios de la vivienda), pero yo lanzaría un guiño hacia la verdadera solución, la cual pasa por los grandes ejecutivos y precursores que a buen seguro tomarán decisiones acertadas que reconducirán esta situación. Todo eso, simplemente por el mero hecho de que son ellos los que tienen la llave para cambiar las cosas y no el Estado, que poco puede hacer. Ellos volverán a crear puestos de trabajo y ellos harán lo que es realmente conveniente para que las cosas cambien a mejor.
Desde mi punto de vista, la solución a la crisis pasa por la reestructuración interna de cada una de las empresas que se han visto afectadas por esta recesión, pues ellas han generado una dependencia con el entorno o bien financiero o bien productivo amparándose a rápidos y "viciosos" crecimientos económicos, con escasos planes de desarrollo. El Estado no puede intervenir directamente en el realzamiento en valor capital de cada una de las empresas por muchas medidas "indirectas" que adopte, es decir, no depende del Estado salir de esta crisis debido, principalmente, a que sus medidas incrementarán un nivel de dependencia haciendo que empresas que "han crecido mal" continúen subsistiendo injustamente debido a estas ayudas. Asimismo estas medidas sólo atenderán o bien a datos cuantitativos y generalizarán las distintas realidades, y es que cada sector es una realidad, si bien el consumo de bares de "comida rápida" han aumentado su valor con esta crisis, se denota la independencia de este sector con respecto al sistema bancario. Cuanta mayor dependencia de la economía en el Estado mayor será la probabilidad de que empresarios avariciosos, irresponsables o nefasto continúen agravando con planes inviables situaciones como con la que nos hemos topado.
Soy conciente de que el sistema paternalista no ha sido el único causante de esta circunstancia, pero he de reconocer que es un factor que parece diluirse para economistas, que buscan soluciones a una burbuja, desde luego, bastante paupérrima. Así, y extrapolando mis palabras a términos más sociales, la ley del más fuerte en economía debería ser una ley aplicable. Con empresas fuertes e independientes nuestro sistema no acusaría tanto estos terribles tiempos que corren y lo que es peor, que deberemos seguir sufriendo.
Se tomarán medidas, algunas más acertadas y otras totalmente desvirtuadas de la realidad que sufren las Pymes. Claro está que se necesitan correcciones gubernamentales (como la abolición del impuesto sobre trasmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados para abaratar los precios de la vivienda), pero yo lanzaría un guiño hacia la verdadera solución, la cual pasa por los grandes ejecutivos y precursores que a buen seguro tomarán decisiones acertadas que reconducirán esta situación. Todo eso, simplemente por el mero hecho de que son ellos los que tienen la llave para cambiar las cosas y no el Estado, que poco puede hacer. Ellos volverán a crear puestos de trabajo y ellos harán lo que es realmente conveniente para que las cosas cambien a mejor.
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