sábado, 24 de enero de 2009

Tormenta

Estaba lloviendo más de lo habitual en una zona que generalmente era cálida y seca. Mientras yo conducía presencié, a través de la ventana de mi coche, los azotes de la tormenta. Puedo decir que pasé miedo, pero no el suficiente como para detenerme. Contemplaba la idea desde hacia semanas de que debía marchar a casa de mi novia para verla, y ese deseo parecía ser superior a las circunstancias que me rodeaban, circunstancias adversas que me hacían temer por mi existencia. Tenía dos opciones: dar marcha atrás y volver a mi casa o continuar el peligro para conseguir lo que soñaba. No sé porque lo hice pero continué, decidí enfrentarme a la muerte por lo que deseaba. Tomé precauciones y marché con una velocidad reducida a través de una carretera que parecía desdibujarse ante mí... El deseo se impuso a la razón y la razón se desvaneció ante la tormenta.
Esas tierras del trayecto siempre habían sido áridas, daba gusto circular por esas enormes autopistas debido a su clima cívico. Siempre que podía recorría el trayecto para ver a mi amada, pero hoy era un lugar diferente, rabioso. Jamás en mi sano juicio hubiese antepuesto el sentimiento a la razón, pero ese día lo hice y fue la peor decisión.
En esos 60 kilómetros de trayecto sólo pensé en mi querida, en nuestro encuentro y nuestra pasión. Lo que no sabía es que me estaba jugando la vida por un encuentro de poco más de tres horas, me estaba jugando todo por un instante. ¿Qué podía suceder? Lo peor sucedió y en un trágico accidente me desvanecí para siempre y se desvaneció todo mi amor.

La vida es un instante y si anteponemos nuestros sentimientos a los peligros, puede que no existan más sentimientos. Amar es una locura a no ser que se ame con locura. Y con locura siempre amamos, pero guardemos un atisbo de cordura ante el comportamiento irracional y suicida. Lo natural y lo correcto no debe obligatoriamente salir bien siempre. Recuérdalo.

Alexander García Hernández

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